Los manolos, amigos para siempre
La que se ha liado en Madrid. Un grupo de interés (o de intereses, porque cada uno tiene los suyos y no ha habido más que coincidirlos) al que ya se le empieza a llamar los manolos, que mira que nos gusta en Madrid lo del sarcasmo, intentó por la ilegítima hacerse con la AEPD, y no pudiendo por la vía democrática de ganar unas elecciones, que el batacazo fue de estruendo, va y se monta la suya propia. Ha sentado mal, sobretodo porque cada quisque tiene ahora que nadar entre estas dos aguas sin enfrentarse, y eso se hace incómodo. Y caro, que no está boyante el espíritu asociacionista como para duplicar cuotas.
Vaya por delante que servidora ha tomado ya partido y no es cuestión de andarse templando paños. Lo de acercar el asociacionismo a las instituciones y su dinero es legítimo y producente, todas lo hacen y así debe ser. Otra cosa es cuando se quiere o necesita articular el colectivo en función de esos apoyos institucionales y su dinero como objetivo, que parece que es más lo que está pasando. Pero una toma partido sobretodo porque cuando parece que la AEPD empieza a rejuvenecer su espíritu con una junta renovadamente entusiasta, de nuevos nombres y que ha demostrado un activismo fuera de dudas (sea a través de la lista de correo interna de la que han salido iniciativas interesantes, lo sea a partir de las llamadas "comisiones", caldo de cultivo de otras tantas) vuelve a ser que siempre tiene que aparecer una especie de núcleo duro o politburó que reniega de la evolución o ve peligrar lo suyo, o las dos cosas, y se aferra a lo que haga falta.
No les ha faltado nada: malas artes, desprecios, incluso extraños movimientos amenazantes para acallar las voces críticas. Y mientras, el bochornoso espectáculo que desde fuera podría interpretarse como que desde Madrid se quería dar de lado a los diseñadores de provincias, que siempre han tenido su espacio en AEPD, para tratar de enrrocarse de la mano de los políticos en esa inexistente identidad del diseño madrileño. Pues quédense tranquilos ellos, los de provincias, digo, que afortunadamente hay AEPD para rato, y estas cosas cuando no matan endurecen. Los otros, los manolos, me permito aventurar que durarán mientras los intereses que mueven esa máquina no se encuentren, y siempre que haya institución y su parné que pillar. Y si no, al tiempo.
Afortunadamente, a AEPD le pilla esto en un momento de actividad renovada, que se ha visto respaldada por un gran número de socios que si andaban en el siempre respetable terreno de la apatía han visto que era el momento de arrimar el hombro. Bien está.
(de Pseudonimma)
Este blog está discontinuado
Hola. Este blog ya no se actualiza. Pero me pareció bien que todo este material siguiera estando ahí. Por si alguna vez alguien quiere leerlo, y por contribuir a la basura informática.
Puedes ver y leer lo que hago y escribo ahora en instagram,
en facebook, en twitter...
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5.4.04
24.2.04
Los aspirantes
Alguna vez he oído (más en BCN que en MAD) quejarse a los jóvenes de ese "tapón" que suponen los "popes" y que dificulta el acceso al trozo dulce del pastel... pues, ¡ea!; en el análisis, prefiero discrepar (o matizar, cuando menos...).
Los popes son pocos, no más de diez en cada una de esas plazas, y ni siquiera tantos juntando todos los del resto del estado... y tienen su mercado muy vinculado a la firma o diseño de autor, con presencia preferente en la res publica. No, la amenaza no son los popes. Sobretodo porque están perfectamente identificados, son pocos y su actividad tiende a remitir (ley de vida). Y al margen, hay que agradecerles que marcan el listón por la parte alta, en calidad y precio, y eso beneficia a todos. La verdadera amenaza son los aspirantes a pope, una pequeña facción de la "generación intermedia" empeñada en subir al carro de los maestros, así sea a codazos o pisotones si el fregao lo pide en cada caso.
Una no es tan suicida (que yo también vivo de esto...) como para citar nombres, pero nadie ha de molestarse si la descripción viene por las actitudes, y si alguien se pica habrá que buscarle los ajos. Basta con estar atentos.
El stafista. Se le encuentra repetido siempre en los créditos, las fichas técnicas y los stafs. Omnipresente y polifacético donde los haya, suele llevar el nombre de su estudio y firmar con su nombre todo lo que de su casa sale, lo haya hecho quien lo haya hecho. Eso sí, si con los años alguno de sus anónimos tapados decide emprender vuelo en solitario, bien se encargará nuestro stafista de extender la sospecha de traición en el colectivo y enmerdarle la existencia en la medida que pueda.
Muchas veces, tanto le pierde el figurar al stafista que alcanzará el ridículo en extensas fichas técnicas en las que ocupará uno y otro y otro más cargos, algunos incompatibles (recuerdo uno que por error, en la euforia figurante, llegó a ponerse como ayudante de sí mismo...). Es especialmente doloso cuando extiende sus malas artes en los proyectos de paternidad compartida, en los que acabará siempre por parecer que todo lo hace él, o lo que es peor, que los demás son sólo comparsas de su liderazgo y responsabilidad. No hace mucho me sorprendió un caso de manual y estridente: se trataba de una gran exposición en el Reina, en los créditos iba por delante el diseño de catálogo que el diseño de la exposición (que evidentemente, por simple relación de causa-efecto, cuando no por envergadura proyectual, debería figurar en orden inverso). Pero no contento, al llegar al diseño de la exposición, iba también el diseño gráfico (logotipito y cartelas, supongo) por delante del diseño expositivo, con lo que el auténtico diseñador – concretamente Pedro G.R., ese que llaman el Boss, y que por cierto, lo había bordao y para mí es de los esenciales– quedaba casi como becario del stafista.
...el del libro. Este es otro ejemplar que, lejos del peligro de extinción, parece que prolifera. Como reza el dicho: plantar un árbol, montar en globo... y que te hagan un libro. Y no me refiero a esos librillos de "autopromo", objetitos de culto como los que de siempre se edita Pati (que son para la envidia cochina de bien hechos que están) o los de Isidro, no menos de culto y siempre con historia añadida. A los que me refiero es a esos otros en que el boato, la nata y sobretodo la guinda -no olvidar nunca la guinda-, los canapés en la presentación, la inversión y la dificultad gráfica y de manipulado son inmensamente proporcionales al nulo interés de su contenido. Y es entonces, al encontrar otra vez un libro de estos, cuando nos acordamos de todo lo que está sin editarse de los maestros (Huguet, G.Miracle, Diego Lara, Daniel Gil, Pla Narbona...), todo tan esencial e imprescindible, frente a la grandilocuencia con que se edita lo anecdótico. Tengo un par de estos librejos siempre cerca, para que me sirvan de recordación y disuasorio si un día tengo la tentación...
Los niños yunteros. Tomo la denominación prestada, que no es mía, de alguien que la usó en la imprescindible e impagable lista de correo de AEPD (más info: administracion@aepd.es). Supongo que lo de niños es cariñoso, y lo de yunteros se refiere a la condición de pertenencia a la junta directiva de alguna asociación. Vaya por delante mi admiración y respeto por todos los que desinteresadamente, de modo altruista, quitándoselo de su tiempo para la familia o la juerga, se dejan horas y esfuerzos en el cultivo de la flor asociacionista. No es a ellos. Pero hay también otros yunteros, que es a los que me refiero. Por las vías más peregrinas acceden a las juntas e incluso a las presidencias, y una vez instalados, simplemente trepan. Porque estar en una junta directiva da acceso a información antes y mejor, y ahí ya depende de cómo uno decida si la usa y cómo la usa.
Me cuentan la fábula reciente de que un presidente de asociación local entre Galicia y Cantabria, a instancia de los socios protestó formalmente por la manifiestamente desastrosa forma de convocarse un cierto concurso... que quedó desconvocado, siendo asignado el encargo por la vía directa... ¡a ese presidente! (por cierto, que ya lo echaron...).
Y en esta misma línea, habrá que hablar de los yunteros fantasmas: son los yunteros que simplemente hacen abstracción de sus funciones, no asistiendo a las juntas. Alguien dirá que para qué entonces ser yuntero. Pues por la estadística: es sabido que hay una costumbre en los ministerios y determinadas administraciones (es, como decía, pura estadística, no hago juicio de valor) en encargar sus trabajos de diseño a los yunteros. Podría ser que así quieran premiar a quienes desinteresadamente trabajan por el colectivo; hasta tendría su parte de romanticismo mal entendido. Pero también podría ser que el diseño va por un lado y la oficialidad por otro, de tal manera que acaba por crearse un endogámico grupo selecto formado por funcionarios y políticos, periodistas de género, activistas, comisarios y jurados habituales, yunteros y presidentes de asociaciones... y en su incestuoso modo de entender(se) acabaría por resultar que estar en las juntas de las asociaciones es una vía dulce por la que acceder al encargo, a ese determinado tipo de encargo.
No hace mucho dos de estos yunteros quisieron hacerse por la tremenda con la asociación de más representación fuera de Catalunya. Ni cortos ni perezosos, montaron una candidatura, que rellenaron con nombres de algunos que ni siquiera eran socios (ya se asociarían en caso de ganar, como se ha visto, puesto que ni ganaron ni se han asociado). Ante el desproposito y la impugnación a su candidatura (que de facto, les obligaba a retirarla para no hacer mayor el escándalo) al calor del berrinche y en el más puro estilo del anuncio de Escatergoris, se han montado un quiosco clientelar, que se les enfría por semanas. Se llama "Asociación de Estudiantes de Diseño de Madrid".
En fin: stafistas, libreros y yunteros. De momento es suficiente como primera entrega del análisis de fauna y flora. Quizá haya más. Permanezcan atentos...
(de Pseudonimma)
Alguna vez he oído (más en BCN que en MAD) quejarse a los jóvenes de ese "tapón" que suponen los "popes" y que dificulta el acceso al trozo dulce del pastel... pues, ¡ea!; en el análisis, prefiero discrepar (o matizar, cuando menos...).
Los popes son pocos, no más de diez en cada una de esas plazas, y ni siquiera tantos juntando todos los del resto del estado... y tienen su mercado muy vinculado a la firma o diseño de autor, con presencia preferente en la res publica. No, la amenaza no son los popes. Sobretodo porque están perfectamente identificados, son pocos y su actividad tiende a remitir (ley de vida). Y al margen, hay que agradecerles que marcan el listón por la parte alta, en calidad y precio, y eso beneficia a todos. La verdadera amenaza son los aspirantes a pope, una pequeña facción de la "generación intermedia" empeñada en subir al carro de los maestros, así sea a codazos o pisotones si el fregao lo pide en cada caso.
Una no es tan suicida (que yo también vivo de esto...) como para citar nombres, pero nadie ha de molestarse si la descripción viene por las actitudes, y si alguien se pica habrá que buscarle los ajos. Basta con estar atentos.
El stafista. Se le encuentra repetido siempre en los créditos, las fichas técnicas y los stafs. Omnipresente y polifacético donde los haya, suele llevar el nombre de su estudio y firmar con su nombre todo lo que de su casa sale, lo haya hecho quien lo haya hecho. Eso sí, si con los años alguno de sus anónimos tapados decide emprender vuelo en solitario, bien se encargará nuestro stafista de extender la sospecha de traición en el colectivo y enmerdarle la existencia en la medida que pueda.
Muchas veces, tanto le pierde el figurar al stafista que alcanzará el ridículo en extensas fichas técnicas en las que ocupará uno y otro y otro más cargos, algunos incompatibles (recuerdo uno que por error, en la euforia figurante, llegó a ponerse como ayudante de sí mismo...). Es especialmente doloso cuando extiende sus malas artes en los proyectos de paternidad compartida, en los que acabará siempre por parecer que todo lo hace él, o lo que es peor, que los demás son sólo comparsas de su liderazgo y responsabilidad. No hace mucho me sorprendió un caso de manual y estridente: se trataba de una gran exposición en el Reina, en los créditos iba por delante el diseño de catálogo que el diseño de la exposición (que evidentemente, por simple relación de causa-efecto, cuando no por envergadura proyectual, debería figurar en orden inverso). Pero no contento, al llegar al diseño de la exposición, iba también el diseño gráfico (logotipito y cartelas, supongo) por delante del diseño expositivo, con lo que el auténtico diseñador – concretamente Pedro G.R., ese que llaman el Boss, y que por cierto, lo había bordao y para mí es de los esenciales– quedaba casi como becario del stafista.
...el del libro. Este es otro ejemplar que, lejos del peligro de extinción, parece que prolifera. Como reza el dicho: plantar un árbol, montar en globo... y que te hagan un libro. Y no me refiero a esos librillos de "autopromo", objetitos de culto como los que de siempre se edita Pati (que son para la envidia cochina de bien hechos que están) o los de Isidro, no menos de culto y siempre con historia añadida. A los que me refiero es a esos otros en que el boato, la nata y sobretodo la guinda -no olvidar nunca la guinda-, los canapés en la presentación, la inversión y la dificultad gráfica y de manipulado son inmensamente proporcionales al nulo interés de su contenido. Y es entonces, al encontrar otra vez un libro de estos, cuando nos acordamos de todo lo que está sin editarse de los maestros (Huguet, G.Miracle, Diego Lara, Daniel Gil, Pla Narbona...), todo tan esencial e imprescindible, frente a la grandilocuencia con que se edita lo anecdótico. Tengo un par de estos librejos siempre cerca, para que me sirvan de recordación y disuasorio si un día tengo la tentación...
Los niños yunteros. Tomo la denominación prestada, que no es mía, de alguien que la usó en la imprescindible e impagable lista de correo de AEPD (más info: administracion@aepd.es). Supongo que lo de niños es cariñoso, y lo de yunteros se refiere a la condición de pertenencia a la junta directiva de alguna asociación. Vaya por delante mi admiración y respeto por todos los que desinteresadamente, de modo altruista, quitándoselo de su tiempo para la familia o la juerga, se dejan horas y esfuerzos en el cultivo de la flor asociacionista. No es a ellos. Pero hay también otros yunteros, que es a los que me refiero. Por las vías más peregrinas acceden a las juntas e incluso a las presidencias, y una vez instalados, simplemente trepan. Porque estar en una junta directiva da acceso a información antes y mejor, y ahí ya depende de cómo uno decida si la usa y cómo la usa.
Me cuentan la fábula reciente de que un presidente de asociación local entre Galicia y Cantabria, a instancia de los socios protestó formalmente por la manifiestamente desastrosa forma de convocarse un cierto concurso... que quedó desconvocado, siendo asignado el encargo por la vía directa... ¡a ese presidente! (por cierto, que ya lo echaron...).
Y en esta misma línea, habrá que hablar de los yunteros fantasmas: son los yunteros que simplemente hacen abstracción de sus funciones, no asistiendo a las juntas. Alguien dirá que para qué entonces ser yuntero. Pues por la estadística: es sabido que hay una costumbre en los ministerios y determinadas administraciones (es, como decía, pura estadística, no hago juicio de valor) en encargar sus trabajos de diseño a los yunteros. Podría ser que así quieran premiar a quienes desinteresadamente trabajan por el colectivo; hasta tendría su parte de romanticismo mal entendido. Pero también podría ser que el diseño va por un lado y la oficialidad por otro, de tal manera que acaba por crearse un endogámico grupo selecto formado por funcionarios y políticos, periodistas de género, activistas, comisarios y jurados habituales, yunteros y presidentes de asociaciones... y en su incestuoso modo de entender(se) acabaría por resultar que estar en las juntas de las asociaciones es una vía dulce por la que acceder al encargo, a ese determinado tipo de encargo.
No hace mucho dos de estos yunteros quisieron hacerse por la tremenda con la asociación de más representación fuera de Catalunya. Ni cortos ni perezosos, montaron una candidatura, que rellenaron con nombres de algunos que ni siquiera eran socios (ya se asociarían en caso de ganar, como se ha visto, puesto que ni ganaron ni se han asociado). Ante el desproposito y la impugnación a su candidatura (que de facto, les obligaba a retirarla para no hacer mayor el escándalo) al calor del berrinche y en el más puro estilo del anuncio de Escatergoris, se han montado un quiosco clientelar, que se les enfría por semanas. Se llama "Asociación de Estudiantes de Diseño de Madrid".
En fin: stafistas, libreros y yunteros. De momento es suficiente como primera entrega del análisis de fauna y flora. Quizá haya más. Permanezcan atentos...
(de Pseudonimma)
1.2.04
los Príncipe Felipe
El Ministerio de Industria, Turismo y Comercio ha concedido los Premios Príncipe Felipe a la Excelencia Empresarial. Estos Premios que se entregan en nueve categorías (aunque la de energías renovables y eficiencia energética quedó desierta) incluyen entre ellas una, la que nos ocupa, la de Diseño.
Este Premio tiene varias ventajas. Por un lado, su convocatoria nos da (aún más, si cabe) la razón a quienes venimos defendiendo que hay que replantearse la idoneidad del premio nacional de diseño a una empresa. Más que nada por aquello de la redundancia. Si a ello se le añade que unos (los Principe Felipe) y otros (los Nacionales de Diseño) serán convocados en sus próxima edición por el mismo ministerio y posiblemente dependan de la misma secretaría e incluso puede que del mismo departamento (o al menos hay que esperar que el papel del Ddi vaya a ser fundamental en ambos), cabe la posibilidad de que a alguien se le encienda la bombilla de la sensatez y se plantee que existiendo uno no tiene sentido el otro.
Por otra parte, el hecho de que sean honoríficos ahonda también en la idea de que este tipo de premios a empresas deben serlo así, mientras que los que se conceden a profesionales, ya sean bailarines, acróbatas, poetas o cocineros, todos –hasta los cuarentaitrés que hay– se acompañan de una dotación económica; a excepción, por motivos que siguen sin ser explicados, del que se otorga a los diseñadores (“...esos premios que tienen dotación sólo para sí mismos”, que dijera Juli Capella).
Pero si saco a colación esto es porque este año se ha hecho un paréntesis para que el Premio de Diseño a la excelencia empresarial (que por inercia se suelen llevar fabricantes de producto, lo mismito que sucede en el nacional) se le diera a una empresa vinculada no sólo al diseño industrial sino también al gráfico, en el entendido que la señalización y la implementación de identidad visual conforman el espacio confluente de ambas disciplinas. Así, la magnífica noticia de que el Premio Principe de Asturias a la Excelencia Empresarial, en el apartado de Diseño, ha sido este año para SIGNES, más allá de la satisfacción que a algunos nos produce, se manifiesta como el reconocimiento a un modo de entender la cultura del diseño muy por encima del metro cuadrado o lineal de perfiles, luminosos o lonas. O lo que es lo mismo, se incide de un modo directo en destacar que la eficacia empresarial no siempre es sólo producción, facturación y resultados, sino que puede también ser cuando menos compatible con el compromiso, la cultura, el fomento de iniciativas propias y el respaldo a las ajenas en una actitud militante de defensa de la actividad del diseño. En el caso que nos ocupa, además, ello se hace de un modo especialmente enérgico con todo aquello que tenga que ver con el apoyo a los futuros diseñadores y la presencia del diseño como inquietante de la inteligencia en nuestra sociedad. Así, el reconocimiento es la consecuencia lógica de un modo de hacer distinto, mejor. Y para no poner ni quitar, como sucede a veces lo mejor de estos premios es la justificación redactada del Jurado, a saber: “por su significativo aporte creativo y la calidad de sus productos y servicios ofrecidos en su dilatada y singular trayectoria; porque han convertido su empresa en una herramienta fundamental para la eficiente evolución del diseño gráfico en el mercado y por su permanente, generoso y valiente apoyo a las nuevas generaciones de diseñadores”.
Alguien se preguntará cómo es posible que le haya de llegar a SIGNES de la mano de los genéricos Príncipe de Asturias en lugar del específico, que sería el Premio Nacional de Diseño; efectivamente, la cicatería y entreguismo de uno de los organizadores (el BCD) y las prácticas fraudulentas del otro (Ministerio) han desvirtuado los premios nacionales hasta ese extremo. Hoy, para SIGNES, a la coherencia de ni siquiera entrar en la oscura terna año tras año renunciando así de antemano a la posibilidad del Premio, se le suma el que sea otro Jurado, otro Premio, otro Ministerio el que le dé la razón.
Y ya que hablamos de Premios, se han convocado con retraso evidente los Nacionales de Diseño. Finalmente, y por la cosa de las partidas presupuestarias esta edición se convoca desde el ministerio de educación y ciencia (anda que no chirría...) aunque con toda la carga de provisionalidad, a la espera de su traslado en la siguiente convocatoria al de Industria, y más concretamente en el feudo del Ddi. Siendo así, por aquello de que la eventualidad es también un eximente, habrá que ser comedidos en la crítica, y bien estará que sirva de transición entre las trampas flagrantes de la edición anterior (con la connivencia del BCD, que ahí siguen los mismos sin dar explicación alguna, que al menos los politiquillos implicados han llevado en el castigo la penitencia, y son ya historia por el trueque de poder), y el renovado Premio que nos cabe esperar a los ilusos cuando recale en forma y fondo en una entidad tan libre de sospecha como lo es el Ddi .
Pero algo debiéramos aprender de una vez: indefectiblemente, cuando surgen voces discordantes o críticas (recuérdese, desde aquella recogida de firmas en apoyo a Daniel Gil hasta el Talgo como animal de compañía del pasado año) el BCD convoca a las asociaciones y plataformas varias a reuniones para que se redacten propuestas y sugerencias... e indefectiblemente a estas reuniones nunca asiste representante alguno del ministerio, siendo precisamente el organizador consorte quien hace las veces de tamiz e intérprete (y algunos pensamos que de censor también)... es la famosa estrategia del cortafuegos, y que año tras año, escándalo tras escándalo, tan buenos resultados les está reportando. Pero esto no puede durar eternamente, si el Ddi quiere de verdad darle la vuelta a estos Premios deberá dejar de lado esa interlocución, que ya no resulta creíble, arremangarse y bajar a la arena del debate constructivo.
(de Pseudonimma)
El Ministerio de Industria, Turismo y Comercio ha concedido los Premios Príncipe Felipe a la Excelencia Empresarial. Estos Premios que se entregan en nueve categorías (aunque la de energías renovables y eficiencia energética quedó desierta) incluyen entre ellas una, la que nos ocupa, la de Diseño.
Este Premio tiene varias ventajas. Por un lado, su convocatoria nos da (aún más, si cabe) la razón a quienes venimos defendiendo que hay que replantearse la idoneidad del premio nacional de diseño a una empresa. Más que nada por aquello de la redundancia. Si a ello se le añade que unos (los Principe Felipe) y otros (los Nacionales de Diseño) serán convocados en sus próxima edición por el mismo ministerio y posiblemente dependan de la misma secretaría e incluso puede que del mismo departamento (o al menos hay que esperar que el papel del Ddi vaya a ser fundamental en ambos), cabe la posibilidad de que a alguien se le encienda la bombilla de la sensatez y se plantee que existiendo uno no tiene sentido el otro.
Por otra parte, el hecho de que sean honoríficos ahonda también en la idea de que este tipo de premios a empresas deben serlo así, mientras que los que se conceden a profesionales, ya sean bailarines, acróbatas, poetas o cocineros, todos –hasta los cuarentaitrés que hay– se acompañan de una dotación económica; a excepción, por motivos que siguen sin ser explicados, del que se otorga a los diseñadores (“...esos premios que tienen dotación sólo para sí mismos”, que dijera Juli Capella).
Pero si saco a colación esto es porque este año se ha hecho un paréntesis para que el Premio de Diseño a la excelencia empresarial (que por inercia se suelen llevar fabricantes de producto, lo mismito que sucede en el nacional) se le diera a una empresa vinculada no sólo al diseño industrial sino también al gráfico, en el entendido que la señalización y la implementación de identidad visual conforman el espacio confluente de ambas disciplinas. Así, la magnífica noticia de que el Premio Principe de Asturias a la Excelencia Empresarial, en el apartado de Diseño, ha sido este año para SIGNES, más allá de la satisfacción que a algunos nos produce, se manifiesta como el reconocimiento a un modo de entender la cultura del diseño muy por encima del metro cuadrado o lineal de perfiles, luminosos o lonas. O lo que es lo mismo, se incide de un modo directo en destacar que la eficacia empresarial no siempre es sólo producción, facturación y resultados, sino que puede también ser cuando menos compatible con el compromiso, la cultura, el fomento de iniciativas propias y el respaldo a las ajenas en una actitud militante de defensa de la actividad del diseño. En el caso que nos ocupa, además, ello se hace de un modo especialmente enérgico con todo aquello que tenga que ver con el apoyo a los futuros diseñadores y la presencia del diseño como inquietante de la inteligencia en nuestra sociedad. Así, el reconocimiento es la consecuencia lógica de un modo de hacer distinto, mejor. Y para no poner ni quitar, como sucede a veces lo mejor de estos premios es la justificación redactada del Jurado, a saber: “por su significativo aporte creativo y la calidad de sus productos y servicios ofrecidos en su dilatada y singular trayectoria; porque han convertido su empresa en una herramienta fundamental para la eficiente evolución del diseño gráfico en el mercado y por su permanente, generoso y valiente apoyo a las nuevas generaciones de diseñadores”.
Alguien se preguntará cómo es posible que le haya de llegar a SIGNES de la mano de los genéricos Príncipe de Asturias en lugar del específico, que sería el Premio Nacional de Diseño; efectivamente, la cicatería y entreguismo de uno de los organizadores (el BCD) y las prácticas fraudulentas del otro (Ministerio) han desvirtuado los premios nacionales hasta ese extremo. Hoy, para SIGNES, a la coherencia de ni siquiera entrar en la oscura terna año tras año renunciando así de antemano a la posibilidad del Premio, se le suma el que sea otro Jurado, otro Premio, otro Ministerio el que le dé la razón.
Y ya que hablamos de Premios, se han convocado con retraso evidente los Nacionales de Diseño. Finalmente, y por la cosa de las partidas presupuestarias esta edición se convoca desde el ministerio de educación y ciencia (anda que no chirría...) aunque con toda la carga de provisionalidad, a la espera de su traslado en la siguiente convocatoria al de Industria, y más concretamente en el feudo del Ddi. Siendo así, por aquello de que la eventualidad es también un eximente, habrá que ser comedidos en la crítica, y bien estará que sirva de transición entre las trampas flagrantes de la edición anterior (con la connivencia del BCD, que ahí siguen los mismos sin dar explicación alguna, que al menos los politiquillos implicados han llevado en el castigo la penitencia, y son ya historia por el trueque de poder), y el renovado Premio que nos cabe esperar a los ilusos cuando recale en forma y fondo en una entidad tan libre de sospecha como lo es el Ddi .
Pero algo debiéramos aprender de una vez: indefectiblemente, cuando surgen voces discordantes o críticas (recuérdese, desde aquella recogida de firmas en apoyo a Daniel Gil hasta el Talgo como animal de compañía del pasado año) el BCD convoca a las asociaciones y plataformas varias a reuniones para que se redacten propuestas y sugerencias... e indefectiblemente a estas reuniones nunca asiste representante alguno del ministerio, siendo precisamente el organizador consorte quien hace las veces de tamiz e intérprete (y algunos pensamos que de censor también)... es la famosa estrategia del cortafuegos, y que año tras año, escándalo tras escándalo, tan buenos resultados les está reportando. Pero esto no puede durar eternamente, si el Ddi quiere de verdad darle la vuelta a estos Premios deberá dejar de lado esa interlocución, que ya no resulta creíble, arremangarse y bajar a la arena del debate constructivo.
(de Pseudonimma)
30.1.04
Premio nacional plus
Para la inmensa de los mortales, este año sólo ha habido un premio nacional, y lo ha ganado el canalplus. En primer lugar, porque todas o casi todas las televisiones a excepción de la premiada, y al menos dos diarios de tirada estatal, han obviado cualquier referencia al fallo de un premio nacional que se le otorgaba a “la competencia”. Por contra, canalplus ha “rentabilizado” el hecho, están en su derecho, salpicando durante semanas su programación con una cortinilla de continuidad en la que sacaban pecho y la imagen gráfica de Mariscal, él sabrá si con su consentimiento; aunque obviamente, no mencionaban que ese premio les cae repartido a pachas con Talgo (que alguien me lo explique, que alguien me lo explique...) y que además, o habría que decir sobretodo, el premio nacional de diseño curiosamente se entrega, también a un diseñador (Toni Arola, enhorabuena). Aunque a éste de taparle y callarle la boca ya se encargarán los organizantes, no vaya a ser que le dé por hablar del diseño como elemento cultural y para el bienestar de las personas, y le quite protagonismo a la excelencia y competitividad y herramienta paralaexportaciónynosigáis poresecaminoquevamosatenerundisgusto quellevamosmuchotiempodiciendolohayquejoerse. Ea.
Con esas cortinillas (insisto, en su derecho están, aunque resulte enojoso y equívoco) han conseguido que para los afueras de esta profesión el premio nacional de diseño, que no se sabía ni que existía, ahora “es uno que se lo dan a una empresa y resulta que esta vez se lo han dado al plus; y fíjate que curioso, que todos pensando que eran una televisión, y ahora en lo que les dan un premio nacional es como diseñadores”.
Porque esa es la gran falacia, y no soy la primera en decirlo: lo del premio nacional de diseño a la empresa es como si le dieran a Planeta el nacional de literatura, a Kodak el de fotografía o a Movierecord el de cine. Por supuesto, hay aparte unos premios nacionales a las empresas (los premios Principe Felipe a la excelencia empresarial, que otorgan este mismo nuestro ministerio de cytología y el de economía, y en el que hay específica una categoría a la excelencia empresarial en el diseño, lo que además supone redundancia).
Tenemos lo que nos merecemos. Cuando nacieron los premios nacionales y empezaron a darse, apenas nadie protestó porque a las dos categorías de profesionales, industrial y gráfico, se añadiera, casi como una concesión, una tercera a la empresa. A pesar de que ese y no otro era el argumento que Mai Felip (está en las hemerotecas, gracias, Pierluiggi, por dejarlo por escrito y publicado) utilizó durante años para ni siquiera “imaginar” el tema de la dotación. Que también por escrito se lo tengo leído a un activista: “estos premios que no tienen dotación sino para sí mismos...”.
Lo malo fue que, por no atajarlo a tiempo, de dos premios al profesional y uno a la empresa hemos caído en la contraria, y de aquel perfil de empresa que a todos nos parecía el menos malo (quién iba a cuestionar un premio a Vinçon, a Camper, a Amat3, a Signes... huy, perdón, en que estaría pensando: a Signes, no), hemos derivado en lo de este año, pasando en la edición anterior por el intermedio de la de exportar bidés. Y lo que para nuestra desgracia es peor: a los organizadores les parece un adelanto que no se cansan de repetir con euforia el que se rompa esa barrera de las empresas más vinculadas al diseño y su cultura para que le llegue a quienquiera que fabrique pendulares (que alguien me lo explique, que alguien me lo explique...) o a una tele que ha sido exquisita y coherente en su imagen durante toda su existencia, pero solo eso (felicidades Pep Sempere, dondequiera que estés ahora, que no te encuentro: tú eres el auténtico merecedor de ese premio, aunque no te sacarán en la foto).
Y a vueltas como cada año, el penoso espectáculo de estos premios que habrían de ser para la proyección pero que no nos los creemos ya ni nosotros, hace que nos olvidemos siempre de quien es el premiado. En este caso tocaba industrial porque lo de dos premios pasó a la historia, y merecidamente es para Toni Arola, a quien no tengo el gusto pero que le conozco pinceladas de genialidad y registros rigurosos. Y es además, un industrial muy gráfico, que tiene en su haber el acierto de compartir y colaborar en proyectos mixtos con grafistas, con resultados excelentes. Y al respecto, tomo como propia la afirmación que tantas veces he oído al esencial Pedro G.-R: “que los premios nacionales sean un despropósito no quita para que reconozcamos que los profesionales que lo han recibido, lo merecían sobradamente, todos y cada uno de ellos”.
(de Pseudonimma)
Para la inmensa de los mortales, este año sólo ha habido un premio nacional, y lo ha ganado el canalplus. En primer lugar, porque todas o casi todas las televisiones a excepción de la premiada, y al menos dos diarios de tirada estatal, han obviado cualquier referencia al fallo de un premio nacional que se le otorgaba a “la competencia”. Por contra, canalplus ha “rentabilizado” el hecho, están en su derecho, salpicando durante semanas su programación con una cortinilla de continuidad en la que sacaban pecho y la imagen gráfica de Mariscal, él sabrá si con su consentimiento; aunque obviamente, no mencionaban que ese premio les cae repartido a pachas con Talgo (que alguien me lo explique, que alguien me lo explique...) y que además, o habría que decir sobretodo, el premio nacional de diseño curiosamente se entrega, también a un diseñador (Toni Arola, enhorabuena). Aunque a éste de taparle y callarle la boca ya se encargarán los organizantes, no vaya a ser que le dé por hablar del diseño como elemento cultural y para el bienestar de las personas, y le quite protagonismo a la excelencia y competitividad y herramienta paralaexportaciónynosigáis poresecaminoquevamosatenerundisgusto quellevamosmuchotiempodiciendolohayquejoerse. Ea.
Con esas cortinillas (insisto, en su derecho están, aunque resulte enojoso y equívoco) han conseguido que para los afueras de esta profesión el premio nacional de diseño, que no se sabía ni que existía, ahora “es uno que se lo dan a una empresa y resulta que esta vez se lo han dado al plus; y fíjate que curioso, que todos pensando que eran una televisión, y ahora en lo que les dan un premio nacional es como diseñadores”.
Porque esa es la gran falacia, y no soy la primera en decirlo: lo del premio nacional de diseño a la empresa es como si le dieran a Planeta el nacional de literatura, a Kodak el de fotografía o a Movierecord el de cine. Por supuesto, hay aparte unos premios nacionales a las empresas (los premios Principe Felipe a la excelencia empresarial, que otorgan este mismo nuestro ministerio de cytología y el de economía, y en el que hay específica una categoría a la excelencia empresarial en el diseño, lo que además supone redundancia).
Tenemos lo que nos merecemos. Cuando nacieron los premios nacionales y empezaron a darse, apenas nadie protestó porque a las dos categorías de profesionales, industrial y gráfico, se añadiera, casi como una concesión, una tercera a la empresa. A pesar de que ese y no otro era el argumento que Mai Felip (está en las hemerotecas, gracias, Pierluiggi, por dejarlo por escrito y publicado) utilizó durante años para ni siquiera “imaginar” el tema de la dotación. Que también por escrito se lo tengo leído a un activista: “estos premios que no tienen dotación sino para sí mismos...”.
Lo malo fue que, por no atajarlo a tiempo, de dos premios al profesional y uno a la empresa hemos caído en la contraria, y de aquel perfil de empresa que a todos nos parecía el menos malo (quién iba a cuestionar un premio a Vinçon, a Camper, a Amat3, a Signes... huy, perdón, en que estaría pensando: a Signes, no), hemos derivado en lo de este año, pasando en la edición anterior por el intermedio de la de exportar bidés. Y lo que para nuestra desgracia es peor: a los organizadores les parece un adelanto que no se cansan de repetir con euforia el que se rompa esa barrera de las empresas más vinculadas al diseño y su cultura para que le llegue a quienquiera que fabrique pendulares (que alguien me lo explique, que alguien me lo explique...) o a una tele que ha sido exquisita y coherente en su imagen durante toda su existencia, pero solo eso (felicidades Pep Sempere, dondequiera que estés ahora, que no te encuentro: tú eres el auténtico merecedor de ese premio, aunque no te sacarán en la foto).
Y a vueltas como cada año, el penoso espectáculo de estos premios que habrían de ser para la proyección pero que no nos los creemos ya ni nosotros, hace que nos olvidemos siempre de quien es el premiado. En este caso tocaba industrial porque lo de dos premios pasó a la historia, y merecidamente es para Toni Arola, a quien no tengo el gusto pero que le conozco pinceladas de genialidad y registros rigurosos. Y es además, un industrial muy gráfico, que tiene en su haber el acierto de compartir y colaborar en proyectos mixtos con grafistas, con resultados excelentes. Y al respecto, tomo como propia la afirmación que tantas veces he oído al esencial Pedro G.-R: “que los premios nacionales sean un despropósito no quita para que reconozcamos que los profesionales que lo han recibido, lo merecían sobradamente, todos y cada uno de ellos”.
(de Pseudonimma)
20.12.03
El colegio de diseñadores
Anda el río revuelto con el asunto del Colegio de Diseñadores que se constituirá en Catalunya. Y es que parece que los diseñadores siempre llegamos los últimos a todas partes. Cuando la estructura colegial de las profesiones está abiertamente en crisis, incluso en aquellas que acumulan años y tradición en el asunto –arquitectos, médicos, abogados...– y se ve superada por la realidad misma, por las normativas europeas en lo que se refiere a la libre circulación de las personas y su ejercicio profesional, y por un modelo de sociedad que arrincona cada vez más los corporativismos gremiales, resulta que los diseñadores gráficos nos vamos a encontrar con unos colegios que ni hemos echado de menos, ni hemos pedido de manera consensuada, ni maldita la falta que nos hace.
Pero llegados a este punto, a mí, la verdad, me parece que el tema bien encauzado no debería traer consigo tanto revuelo ni polémica. Desde fuera, desde muy fuera, una tiene la sensación de que esto no es sino el final de viejas rencillas que parecían olvidadas, y que ahora despiertan de pronto con toda su magnitud. Y esto sucede seguramente porque el tema del colegio, en abstracto, es más para la divagación y la tertulia, pero cuando se convierte en algo concreto, en éste colegio, todo cambia de cariz. Y es que el colegio es, básicamente, poder. A diferencia de las asociaciones, que mantienen su lucha por ganarse el aprecio y la adscripción de unos profesionales que en su mayoría deciden invertir en otras partidas la miseria que supone una cuota, la pertenencia al colegio es por la vía del “trágala”, que suele resultar mucho más gratificante para quienes manejan el cotarro. Por otra parte, si las asociaciones deben luchar por repartirse una cuota de mercado, el colegio no tiene, porque así lo dice la ley, posibilidad de que nadie le compita. Con estas premisas, no será de extrañar que a partir de ahora los movimientos y requiebros de la política interna del diseño dejen en un juego de niños el asunto del arbitraje en el Mundial, por poner un ejemplo de actualidad.
La historia viene de muy atrás, hace más de veinte años, cuando un puñado de diseñadores deciden solicitar la creación del colegio. Han sido veinte años de lucha en solitario, y digo en solitario porque se les ha hecho menos caso que a Villar en la FIFA. Pero inasequibles al desaliento han seguido en lo suyo, a muchos cuerpos de distancia de la adegé, que ha sido la asociación “por defecto”, y que a nadie escapa que nunca fueron capaces de acercársele, ni por la cantidad de socios, ni por la relevancia de los nombres, ni por la repercusión de las actividades –permítaseme, al lado de los Premios Laus y del Fórum Laus, lo demás que se hace en Barcelona en materia de diseño gráfico desde las asociaciones es un esperpento–.
Y de golpe, por un estrambote legal, parece que se va a dar la vuelta a las tornas, y que el mango de la sartén va a tener ahora un nuevo dueño claro.
El asunto es finísimo: ¿cómo convencerán las asociaciones a sus miembros de que, abocados a la necesaria colegiación, mantengan sus fichas de asociados en lo que ahora es duplicidad de servicios? me recuerda a lo que sucede con la seguridad social y las sanitarias privadas. Éstas últimas podrán ser más baratas y mejores, pero la otra es de obligado cumplimiento. El colegio asumirá en exclusiva muchas de las funciones que hasta ahora han venido realizando las asociaciones (peritajes, relaciones con la administración, interlocuciones varias, respaldo y supervisión a las iniciativas de promoción del diseño, etc); mucho me temo que les van a quedar pocas más atribuciones de las que tendría un club social. Y no sé si con ello se va a justificar su existencia, ni si van a ser capaces de argumentar el pago de las cuotas a sus asociados.
Y en éstas, según me cuentan, parece que el Códig no está muy por la labor de compartir la bicoca que le ha caído por la gracia de los políticos. La postura es más bien la contraria: aquí ahora son ellos los que cortan el bacalao, y parece que van a hacerlo sin encomendarse a nadie y sin dar explicaciones. O al menos esa es la sensación que da.
Llama la atención también el mutismo de las escuelas, que pueden ser las principales afectadas, en la medida en que se parte de la premisa errónea de que las nuevas estructuras para la enseñanza del diseño son ya una realidad. Y eso dista mucho de ser cierto. Aunque su silencio también podría entenderse como un elemento a la defensiva, pues no están en condiciones de permitirse que sus alumnos, y los padres de esos alumnos, vivan de cerca una polémica que cuestiona la utilidad misma de seguir estudiando diseño.
Y en todo esto, empiezan a sentirse los primeros movimientos de las asociaciones en el resto del estado. Si hasta ahora nadie había sentido la necesidad, la existencia de un colegio de ambito autonómico puede abocar en la aparición en cadena de todos los demás. Nada sucede si no existen colegios, pero habiendo uno se hacen imprescindibles los demás. O sea, que se dará la paradoja de que los colectivos de diseñadores que nunca han querido tener colegio ni han hecho nada por tenerlo, tengan ahora que salir corriendo a pedir el suyo. Grotesco.
La anécdota
Es la anécdota, y como tal debe tomarse. Les contaré que cuando con mi amigo Google me puse a buscar documentación sobre este tema, había poca. Pero nos topamos que una web que nos llamó la atención:
www.pnlnet.com/colaboradores/a/2755 .
Es el curriculum de Pilar Y. Nada tendría de extraordinario, si no fuera porque entre sus méritos figura el de formadora en el Colegio Oficial de Diseñadores Gráficos de Catalunya. Es sabido que en los currículos, como en el sexo, todo el mundo miente. Pero debería alguien darle un toque, no sea que los malpensados crean que sin estar constituido el Colegio ya se están repartiendo las prebendas.
Anda el río revuelto con el asunto del Colegio de Diseñadores que se constituirá en Catalunya. Y es que parece que los diseñadores siempre llegamos los últimos a todas partes. Cuando la estructura colegial de las profesiones está abiertamente en crisis, incluso en aquellas que acumulan años y tradición en el asunto –arquitectos, médicos, abogados...– y se ve superada por la realidad misma, por las normativas europeas en lo que se refiere a la libre circulación de las personas y su ejercicio profesional, y por un modelo de sociedad que arrincona cada vez más los corporativismos gremiales, resulta que los diseñadores gráficos nos vamos a encontrar con unos colegios que ni hemos echado de menos, ni hemos pedido de manera consensuada, ni maldita la falta que nos hace.
Pero llegados a este punto, a mí, la verdad, me parece que el tema bien encauzado no debería traer consigo tanto revuelo ni polémica. Desde fuera, desde muy fuera, una tiene la sensación de que esto no es sino el final de viejas rencillas que parecían olvidadas, y que ahora despiertan de pronto con toda su magnitud. Y esto sucede seguramente porque el tema del colegio, en abstracto, es más para la divagación y la tertulia, pero cuando se convierte en algo concreto, en éste colegio, todo cambia de cariz. Y es que el colegio es, básicamente, poder. A diferencia de las asociaciones, que mantienen su lucha por ganarse el aprecio y la adscripción de unos profesionales que en su mayoría deciden invertir en otras partidas la miseria que supone una cuota, la pertenencia al colegio es por la vía del “trágala”, que suele resultar mucho más gratificante para quienes manejan el cotarro. Por otra parte, si las asociaciones deben luchar por repartirse una cuota de mercado, el colegio no tiene, porque así lo dice la ley, posibilidad de que nadie le compita. Con estas premisas, no será de extrañar que a partir de ahora los movimientos y requiebros de la política interna del diseño dejen en un juego de niños el asunto del arbitraje en el Mundial, por poner un ejemplo de actualidad.
La historia viene de muy atrás, hace más de veinte años, cuando un puñado de diseñadores deciden solicitar la creación del colegio. Han sido veinte años de lucha en solitario, y digo en solitario porque se les ha hecho menos caso que a Villar en la FIFA. Pero inasequibles al desaliento han seguido en lo suyo, a muchos cuerpos de distancia de la adegé, que ha sido la asociación “por defecto”, y que a nadie escapa que nunca fueron capaces de acercársele, ni por la cantidad de socios, ni por la relevancia de los nombres, ni por la repercusión de las actividades –permítaseme, al lado de los Premios Laus y del Fórum Laus, lo demás que se hace en Barcelona en materia de diseño gráfico desde las asociaciones es un esperpento–.
Y de golpe, por un estrambote legal, parece que se va a dar la vuelta a las tornas, y que el mango de la sartén va a tener ahora un nuevo dueño claro.
El asunto es finísimo: ¿cómo convencerán las asociaciones a sus miembros de que, abocados a la necesaria colegiación, mantengan sus fichas de asociados en lo que ahora es duplicidad de servicios? me recuerda a lo que sucede con la seguridad social y las sanitarias privadas. Éstas últimas podrán ser más baratas y mejores, pero la otra es de obligado cumplimiento. El colegio asumirá en exclusiva muchas de las funciones que hasta ahora han venido realizando las asociaciones (peritajes, relaciones con la administración, interlocuciones varias, respaldo y supervisión a las iniciativas de promoción del diseño, etc); mucho me temo que les van a quedar pocas más atribuciones de las que tendría un club social. Y no sé si con ello se va a justificar su existencia, ni si van a ser capaces de argumentar el pago de las cuotas a sus asociados.
Y en éstas, según me cuentan, parece que el Códig no está muy por la labor de compartir la bicoca que le ha caído por la gracia de los políticos. La postura es más bien la contraria: aquí ahora son ellos los que cortan el bacalao, y parece que van a hacerlo sin encomendarse a nadie y sin dar explicaciones. O al menos esa es la sensación que da.
Llama la atención también el mutismo de las escuelas, que pueden ser las principales afectadas, en la medida en que se parte de la premisa errónea de que las nuevas estructuras para la enseñanza del diseño son ya una realidad. Y eso dista mucho de ser cierto. Aunque su silencio también podría entenderse como un elemento a la defensiva, pues no están en condiciones de permitirse que sus alumnos, y los padres de esos alumnos, vivan de cerca una polémica que cuestiona la utilidad misma de seguir estudiando diseño.
Y en todo esto, empiezan a sentirse los primeros movimientos de las asociaciones en el resto del estado. Si hasta ahora nadie había sentido la necesidad, la existencia de un colegio de ambito autonómico puede abocar en la aparición en cadena de todos los demás. Nada sucede si no existen colegios, pero habiendo uno se hacen imprescindibles los demás. O sea, que se dará la paradoja de que los colectivos de diseñadores que nunca han querido tener colegio ni han hecho nada por tenerlo, tengan ahora que salir corriendo a pedir el suyo. Grotesco.
La anécdota
Es la anécdota, y como tal debe tomarse. Les contaré que cuando con mi amigo Google me puse a buscar documentación sobre este tema, había poca. Pero nos topamos que una web que nos llamó la atención:
www.pnlnet.com/colaboradores/a/2755 .
Es el curriculum de Pilar Y. Nada tendría de extraordinario, si no fuera porque entre sus méritos figura el de formadora en el Colegio Oficial de Diseñadores Gráficos de Catalunya. Es sabido que en los currículos, como en el sexo, todo el mundo miente. Pero debería alguien darle un toque, no sea que los malpensados crean que sin estar constituido el Colegio ya se están repartiendo las prebendas.
8.4.03
El vasallo y el rey
Hoy estuve en Zaragoza. Le daban el Premio nacional de Diseño a Isidro Ferrer. En el protocolo rancio, sólo uno de los premiados tenía que hablar. Y lógicamente los organizadores no habían decidido que fuera él. Cuando el rey dijo aquello de "queda clausurado este acto", Isidro, valiente, se dirigió al rey:
-Majestad, antes de que se vaya me gustaría leer un poema.
Y casi sin esperar respuesta, en el desconcierto, se acercó al atril y dedicó el premio a su madre para a continuación recitar aquel de Gloria Fuertes que acaba:
...Hay que decir lo que hay que decir
pronto,
de pronto,
visceral
del tronco;
con las menos palabras posibles
que sean posibles los imposibles.
Hay que hablar poco y decir mucho
hay que hacer mucho y que nos parezca
poco:
Arrancar el gatillo a las armas,
por ejemplo.
No le tembló un ápice la voz, quizá las piernas, pero quedaban ocultas y no lo pude ver.
El cómico que un día decidió ser diseñador, nos tenía guardada a todos su mejor función. Hemos escuchado de pie. Hemos oído el silencio en las pausas, porque hasta las pausas hizo, y era atronador.
Al acabar, hemos aplaudido. Y ese rey que había también aplaudió. Estoy seguro de que ese rey aplaudía a Gloria Fuertes. Casi seguro de que a Isidro también. Pero quiero pensar que, también, aplaudía a la paz.
Mientras ese rey aplaudía al cómico que un día decidió ser diseñador, a su lado, un ministro apretaba los puños y miraba al suelo. Y se iba haciendo pequeño, pequeño, más pequeño...
Gracias, Isidro.
(Recogido de una lista de correo).
--------------------
He querido apropiarme de este texto porque no sabría expresarlo mejor. Esta vez sí, los Premios Nacionales de Diseño estuvieron en todos los informativos. Seguramente, la noticia no era para ellos que unos pocos se levantaran durante un discurso de un ministro y mostraran pancartas –incluso aunque uno fuera Mariscal, como apostillaba más de un periódico–. Tampoco que alguien leyera un poema en favor de la paz, aunque fuera delante del rey. La noticia estaba, sin duda, en los aplausos del rey. Y esa es la deuda con Isidro: haber provocado esa noticia.
Para nosotros, los que nos dedicamos al diseño, el Premio Nacional que se le da a un diseñador cada año es importante. Para quienes lo organizan, es sólo la cohartada intelectual para dar uno a la empresa, que es el que de verdad les importa (¿hemos exportado muchos más bidés, señor Roca?). Y con ello, sólo consiguen que los telediarios minimicen la información: un premio nacional a un intelectual (filósofo, investigador, escritor, que más da) sí es noticia. Pero un premio a una empresa es publicidad. Porque en los telediarios cuesta mucho citar marcas, porque parece publicidad, y eso, sin pasar por taquilla, está mal visto en la televisión.
Con ello, los premios nacionales de diseño tienen siempre poca repercusión en los medios. Esta vez, sin embargo, hubo noticia. Cuando alguien decidió que Isidro no hablaría en el acto (cuestiones de protocolo, sólo puede hablar uno de los premiados, y estaba claro que no iba a ser él) poco podía imaginar en su miopía que en realidad lo que estaba era facilitando que el diseño se convirtiera en noticia. Porque si las palabras de Isidro hubieran estado dentro del protocolo, su efecto hubiera sido mucho menos relevante. Como lo hubieran sido si hubiera habido el más mínimo rasgo de agresividad o irreverencia. Sólo el diseñador cómico podía combinar una estrategia tan bien diseñada y tan bien interpretada. Isidro sabía que necesitaba ganarse la complicidad del rey. Y supo hacerlo. Aunque en su fuero interno, desde el estómago, seguro que hubiera preferido ser más radical. Pero no era eso lo que tocaba, de lo que se trataba era de ser contundente.
Muchos diseñadores considerarían el Premio Nacional como el punto máximo al que pueden aspirar en su carrera. Para Isidro ha sido sólo la oportunidad de hacer algo importante y mejor, no como profesional (ahí ya nos lo tiene demostrado todo), sino como ser humano.
Hemos hecho postales, carteles, pegatinas, fondos de escritorio, hemos querido poner nuestra habilidad profesional al servicio de una causa esencial y justa. Isidro, en cambio, nos ha descubierto que esta es una causa de los seres humanos.
Y quiero acabar citando otro email, éste de mi amigo Alejandro Morcillo:
"Sólo desde la emoción, la sensibilidad y el respeto se puede tener la valentía de hacer lo que Isidro hizo ayer. Seguramente alguno más encumbrado se hubiera estado quietecito sin decir nada, protegiendo su futuro. Cosa que a Isidro no le ha importado y ha actuado desde la honestidad. BRAVO!"
(de Pseudonimma)
Hoy estuve en Zaragoza. Le daban el Premio nacional de Diseño a Isidro Ferrer. En el protocolo rancio, sólo uno de los premiados tenía que hablar. Y lógicamente los organizadores no habían decidido que fuera él. Cuando el rey dijo aquello de "queda clausurado este acto", Isidro, valiente, se dirigió al rey:
-Majestad, antes de que se vaya me gustaría leer un poema.
Y casi sin esperar respuesta, en el desconcierto, se acercó al atril y dedicó el premio a su madre para a continuación recitar aquel de Gloria Fuertes que acaba:
...Hay que decir lo que hay que decir
pronto,
de pronto,
visceral
del tronco;
con las menos palabras posibles
que sean posibles los imposibles.
Hay que hablar poco y decir mucho
hay que hacer mucho y que nos parezca
poco:
Arrancar el gatillo a las armas,
por ejemplo.
No le tembló un ápice la voz, quizá las piernas, pero quedaban ocultas y no lo pude ver.
El cómico que un día decidió ser diseñador, nos tenía guardada a todos su mejor función. Hemos escuchado de pie. Hemos oído el silencio en las pausas, porque hasta las pausas hizo, y era atronador.
Al acabar, hemos aplaudido. Y ese rey que había también aplaudió. Estoy seguro de que ese rey aplaudía a Gloria Fuertes. Casi seguro de que a Isidro también. Pero quiero pensar que, también, aplaudía a la paz.
Mientras ese rey aplaudía al cómico que un día decidió ser diseñador, a su lado, un ministro apretaba los puños y miraba al suelo. Y se iba haciendo pequeño, pequeño, más pequeño...
Gracias, Isidro.
(Recogido de una lista de correo).
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He querido apropiarme de este texto porque no sabría expresarlo mejor. Esta vez sí, los Premios Nacionales de Diseño estuvieron en todos los informativos. Seguramente, la noticia no era para ellos que unos pocos se levantaran durante un discurso de un ministro y mostraran pancartas –incluso aunque uno fuera Mariscal, como apostillaba más de un periódico–. Tampoco que alguien leyera un poema en favor de la paz, aunque fuera delante del rey. La noticia estaba, sin duda, en los aplausos del rey. Y esa es la deuda con Isidro: haber provocado esa noticia.
Para nosotros, los que nos dedicamos al diseño, el Premio Nacional que se le da a un diseñador cada año es importante. Para quienes lo organizan, es sólo la cohartada intelectual para dar uno a la empresa, que es el que de verdad les importa (¿hemos exportado muchos más bidés, señor Roca?). Y con ello, sólo consiguen que los telediarios minimicen la información: un premio nacional a un intelectual (filósofo, investigador, escritor, que más da) sí es noticia. Pero un premio a una empresa es publicidad. Porque en los telediarios cuesta mucho citar marcas, porque parece publicidad, y eso, sin pasar por taquilla, está mal visto en la televisión.
Con ello, los premios nacionales de diseño tienen siempre poca repercusión en los medios. Esta vez, sin embargo, hubo noticia. Cuando alguien decidió que Isidro no hablaría en el acto (cuestiones de protocolo, sólo puede hablar uno de los premiados, y estaba claro que no iba a ser él) poco podía imaginar en su miopía que en realidad lo que estaba era facilitando que el diseño se convirtiera en noticia. Porque si las palabras de Isidro hubieran estado dentro del protocolo, su efecto hubiera sido mucho menos relevante. Como lo hubieran sido si hubiera habido el más mínimo rasgo de agresividad o irreverencia. Sólo el diseñador cómico podía combinar una estrategia tan bien diseñada y tan bien interpretada. Isidro sabía que necesitaba ganarse la complicidad del rey. Y supo hacerlo. Aunque en su fuero interno, desde el estómago, seguro que hubiera preferido ser más radical. Pero no era eso lo que tocaba, de lo que se trataba era de ser contundente.
Muchos diseñadores considerarían el Premio Nacional como el punto máximo al que pueden aspirar en su carrera. Para Isidro ha sido sólo la oportunidad de hacer algo importante y mejor, no como profesional (ahí ya nos lo tiene demostrado todo), sino como ser humano.
Hemos hecho postales, carteles, pegatinas, fondos de escritorio, hemos querido poner nuestra habilidad profesional al servicio de una causa esencial y justa. Isidro, en cambio, nos ha descubierto que esta es una causa de los seres humanos.
Y quiero acabar citando otro email, éste de mi amigo Alejandro Morcillo:
"Sólo desde la emoción, la sensibilidad y el respeto se puede tener la valentía de hacer lo que Isidro hizo ayer. Seguramente alguno más encumbrado se hubiera estado quietecito sin decir nada, protegiendo su futuro. Cosa que a Isidro no le ha importado y ha actuado desde la honestidad. BRAVO!"
(de Pseudonimma)
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Álvaro Sobrino. Diseñador gráfico, periodista y editor.
Mantiene una columna en la revista VISUAL, con el nombre de Crónicas de Pseudonimma, donde recoge opiniones de otros y las suyas propias acerca de la actualidad del diseño español.
