Recuperar lo esencial
En esta era de las estrategias globales, se hace cada vez más imprescindible recuperar lo esencial que los diseños conllevan. Hemos pasado de aquel divismo que se acompañaba de la defensa de la incuestionabilidad y que practicaron los que pudieron en los años sesenta y setenta (cuánto les debemos a aquellos maestros, y qué poco se lo hemos agradecido), a una etapa en la que todo era cuestionable y opinable, sin siquiera necesitar para ello el refrendo del conocimiento ni del argumento: bastaba el “me gusta, no me gusta”, o directamente la dictadura del “qui paga, mana”.
Lo de ahora es peor. Los diseñadores vemos como el diseño esencial ha pasado a ser un cero a la izquierda*, perdidos en las grandes estrategias, los planes de negocio, la expansión en los mercados de la mano de la optimización de la logística, la distribución, los belowthelines o las grandes campañas.
Estamos hartos de asistir a renovaciones vacías, inconsistentes, que se amparan en que la inversión y la presencia hacen bueno cualquier grafismo. Así, productos tradicionalmente líderes pasan a competir con otros diez para tratar de arañar décimas de cuota de mercado, un mercado que tenían ganado ampliamente por volumen y territorio.
Ya nada es lo que parece: los libros no son hoy sino "gadgets" para vender periódicos los domingos, un alto porcentaje de productos han caído en la oferta/promoción estable (¿alguien compraría hoy un Citröen a su precio?), en una huida hacia adelante que bien parece caída libre, la televisión basura (y me refiero a la escasa calidad de producción, no al contenido, que también) se nos ha disfrazado de lo que pretenden hacernos creer que es mayor oferta y es simplemente abundancia de la nada.
Los diseñadores, muchos diseñadores, han entrado de lleno en el juego: posiblemente renunciando al presupuesto a cambio de libertad creativa: bien está, como gesto individual. Como opción colectiva nos está llevando a dejar en manos de grandes estructuras multinacionales, de grupos de comunicación en los que el diseño es esclavo de la estrategia y no herramienta, una parte importante del mercado, donde la diferenciación podría ser esencial.
Salvo excepciones, el buen diseño está quedando limitado a lo minoritario, lo que está fuera de los canales, lo que se considera privilegio. MIentras descubrimos un supuestamente exquisito y elaborado diseño en productos de circuito alternativo, ya sea un lujoso catálogo de arte de precio imposible o un cartel cultural de vida efímera o simplemente un flyer del último club, vemos cómo errores de bulto y aluvión se prodigan en el diseño de los productos de consumo y en lo que se ha dado en llamar los “grandes encargos”. Lejos de mejorar la realidad y ante la excusa de que no nos dejan, los estetas de nuestro tiempo (arquitectos, diseñadores de cualquier disciplina, editores, nuevos artistas, instigadores culturales...) estamos cada vez más cerca de construir una realidad paralela para una élite dispuesta a seguirnos como los chamanes del nuevo siglo que pretendemos ser: una realidad para minorías con sus hoteles, su moda, sus muebles y objetos, sus restaurantes y su gastronomía, sus revistas y sus libros, sus sofisticados aparatos electrónicos, y cuya única defensa es su condición de elegidos frente al consumo de masas (mucho más barato, por cierto, y no siempre peor).
Sólo queda una sospecha esperanzadora: acaso ese culto estético y funcional de lo minoritario (algunos lo llaman “tendencias”) sea, ya sucedió otras veces, el primer eslabón para la “democratización”, y asistamos en unos años a un mejor conocimiento y reconocimiento de la calidad en el diseño. Si no es sólo una moda, puede merecer la pena, pero de momento en el proceso habrá que aguantar la confusión, la incertidumbre y tanta pose como nos rodea.
_________________________________________
* Hoy el marketing todo lo mide, pero cada vez más asistimos al deplorable espectáculo en que simbolos, logotipos, packs o supuestas campañas de imagen son auténticos bodrios gráficos, que no se sostienen, que son contraproducentes y que barrenan el beneficio acumulado durante décadas. Un mal encargante, y lo vemos todos los días, puede dar al traste con el valor de una marca afianzada con el trabajo de años.
Este blog está discontinuado
Hola. Este blog ya no se actualiza. Pero me pareció bien que todo este material siguiera estando ahí. Por si alguna vez alguien quiere leerlo, y por contribuir a la basura informática.
Puedes ver y leer lo que hago y escribo ahora en instagram,
en facebook, en twitter...
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27.7.05
17.7.05
Derechos de autor vs. derechos culturales
Resulta chocante, casi sonrojante, la facilidad con la que los intelectuales (es un modo de decir todos, en mayor o menor medida) nos alineamos sin reparos y con la mayor contundencia del lado de la abolición de las licencias y los royalties de medicamentos contra el sida o las vacunas de uso prioritario en el tercer mundo, y somos capaces de defender, con la misma vehemencia, que décadas después de muertos los generadores de bienes culturales haya que seguir soltando la tela a sus herederos para poder difundirlos. Es tanto como aceptar que la cultura es un bien no-prioritario, un lujo, que no justifica por sí su disfrute indiscriminado, como sucedería, o debería suceder, con la salud o los alimentos de primera necesidad. Pues bien, si se me permite, es al revés, los derechos culturales y el acceso al bien cultural debe ser, sin menoscabo de la lógica retribución por su trabajo al autor, objeto de pronta disposición libre, y en la medida de lo posible, ésta debería ser costeada por los estados en el caso de que exista coste soporte, si bien las nuevas tecnologías (que hay que democratizar) están acercándonos a pasos agigantados a una cultura de coste cero. Lo he leído recientemente en los encuentros digitales de elmundo.es: “es absurdo que no entendamos el .pdf como un formato ecológico, exportable, que no contamina, que puede llevar los contenidos a mas gente por menos dinero, incluso gratis... imagínate poder pasar el pan o la leche a .pdf... se acabaría el hambre en el mundo... ya que es posible hacerlo con la cultura, hagámoslo”.
A partir de esta situación nueva de difusión cultural, los valores que hemos manejado hasta ahora entran en crisis como modelo establecido. Ha sucedido en la música, cuyo mercado está precisando de una revisión meteórica en la que, cada vez más, las necesidades pasan por valor añadido, menores desembolsos y la demostración de que la miopía inoperante de las grandes distribuidoras pueden dar al traste con el mercado, eso sí, a beneficio de los pequeños (más ágiles) y de los propios autores que pasan a ser el auténtico eslabón prioritario de la cadena. Con el cine va a pasar algo similar, y lo que puede ser temblar de estructuras para las grandes superproducciones bien llevado puede ser río revuelto y ganancia de los más independientes, los experimentales o los que “no están en el circuito”.
Los diseñadores hemos sido poco quisquillosos con lo de los derechos de autor, de reproducción y con nuestra propiedad intrelectual, que parece que mientras nos la paguen bien nos importa poco. Nada que ver lo nuestro con los artistas plásticos, los fotógrafos o los ilustradores... pues vaya a ser que al final todo parece apuntar a que el modelo futuro anda mucho más cerca de lo nuestro que de lo de ellos, o lo que es lo mismo: como quiera que las fronteras se difuminan, que lo de la red da al traste con las prerrogativas anteriores, que a ese campo no hay un dios que le ponga puertas, a lo que habrá que añadir la obsesión de los grandes magnates por centralizar, globalizar, concentrar y controlar el mercado de lo reproducible, como quiera, decía, que eso ya lo tenemos aquí, el único modelo a seguir es el que nosotros los grafistas adoptamos hace tiempo: cobrar por producir, que no por lo que se reproduce. Al final nos la juegan lo mismo que a los artistas plasticos, fotografos o ilustradores... pero nos ahorramos el berrinche. Con gracia sobrada lo cuenta un andaluz catalán diseñador: “pues eso, que querer cobrar por cada vez que se reproduce un diseño nuestro sería tanto como que el cirujano plástico reclamara su parte por cada aparición en televisión de las tetas de las famosas”. Es una manera de verlo.
(de Pseudonimma)
Resulta chocante, casi sonrojante, la facilidad con la que los intelectuales (es un modo de decir todos, en mayor o menor medida) nos alineamos sin reparos y con la mayor contundencia del lado de la abolición de las licencias y los royalties de medicamentos contra el sida o las vacunas de uso prioritario en el tercer mundo, y somos capaces de defender, con la misma vehemencia, que décadas después de muertos los generadores de bienes culturales haya que seguir soltando la tela a sus herederos para poder difundirlos. Es tanto como aceptar que la cultura es un bien no-prioritario, un lujo, que no justifica por sí su disfrute indiscriminado, como sucedería, o debería suceder, con la salud o los alimentos de primera necesidad. Pues bien, si se me permite, es al revés, los derechos culturales y el acceso al bien cultural debe ser, sin menoscabo de la lógica retribución por su trabajo al autor, objeto de pronta disposición libre, y en la medida de lo posible, ésta debería ser costeada por los estados en el caso de que exista coste soporte, si bien las nuevas tecnologías (que hay que democratizar) están acercándonos a pasos agigantados a una cultura de coste cero. Lo he leído recientemente en los encuentros digitales de elmundo.es: “es absurdo que no entendamos el .pdf como un formato ecológico, exportable, que no contamina, que puede llevar los contenidos a mas gente por menos dinero, incluso gratis... imagínate poder pasar el pan o la leche a .pdf... se acabaría el hambre en el mundo... ya que es posible hacerlo con la cultura, hagámoslo”.
A partir de esta situación nueva de difusión cultural, los valores que hemos manejado hasta ahora entran en crisis como modelo establecido. Ha sucedido en la música, cuyo mercado está precisando de una revisión meteórica en la que, cada vez más, las necesidades pasan por valor añadido, menores desembolsos y la demostración de que la miopía inoperante de las grandes distribuidoras pueden dar al traste con el mercado, eso sí, a beneficio de los pequeños (más ágiles) y de los propios autores que pasan a ser el auténtico eslabón prioritario de la cadena. Con el cine va a pasar algo similar, y lo que puede ser temblar de estructuras para las grandes superproducciones bien llevado puede ser río revuelto y ganancia de los más independientes, los experimentales o los que “no están en el circuito”.
Los diseñadores hemos sido poco quisquillosos con lo de los derechos de autor, de reproducción y con nuestra propiedad intrelectual, que parece que mientras nos la paguen bien nos importa poco. Nada que ver lo nuestro con los artistas plásticos, los fotógrafos o los ilustradores... pues vaya a ser que al final todo parece apuntar a que el modelo futuro anda mucho más cerca de lo nuestro que de lo de ellos, o lo que es lo mismo: como quiera que las fronteras se difuminan, que lo de la red da al traste con las prerrogativas anteriores, que a ese campo no hay un dios que le ponga puertas, a lo que habrá que añadir la obsesión de los grandes magnates por centralizar, globalizar, concentrar y controlar el mercado de lo reproducible, como quiera, decía, que eso ya lo tenemos aquí, el único modelo a seguir es el que nosotros los grafistas adoptamos hace tiempo: cobrar por producir, que no por lo que se reproduce. Al final nos la juegan lo mismo que a los artistas plasticos, fotografos o ilustradores... pero nos ahorramos el berrinche. Con gracia sobrada lo cuenta un andaluz catalán diseñador: “pues eso, que querer cobrar por cada vez que se reproduce un diseño nuestro sería tanto como que el cirujano plástico reclamara su parte por cada aparición en televisión de las tetas de las famosas”. Es una manera de verlo.
(de Pseudonimma)
23.5.05
Cuando entre los diseñadores gráficos la publicidad estaba cada vez más denostada o cuando menos ignorada, en un momento en que la agencia de publicidad y su negocio pasan por una crisis esencial (de reubicación estratégica y definición estructural), es sorprendente que ahora más que nunca en las escuelas de diseño los estudiantes vean como una opción hacia donde encaminar sus pasos y una salida interesante la dirección de arte y la creatividad publicitaria en el sentido más tradicional. Incluso unos pocos estudios de diseño de nueva generación lo son con una estructura y filosofía compartida con las pequeñas agencias creativas, que muchas veces no acaba de saberse donde acaba lo uno y donde empieza lo otro. Y paradójicamente, se impone también como fórmula de éxito en el difícil sector de la publicidad empresas que adoptan formas y procederes propios de los estudios de diseño (Zapping sería el caso pionero y más claro, pero no es aventurado afirmar que al menos una docena de pequeñas y medianas agencias han encontrado ahí su formula de éxito). Nos gustaría pensar que todo esto tiene algo que ver con la reivindicación de la dirección de arte como pilar de la creación publicitaria, pues cuando esto sucedió a finales de los setenta y principios de los ochenta supuso la época más fructífera de la publicidad española, una auténtica cruzada que lideraran Rolando, Eskenazi, Lorente, Moliné y aquel jovencísimo Elbaile, a los que secundaron en segunda instancia los RCP, Tito Muñoz, Cuca Canals...
Tiene gracia, la obsesión por medir lo inmedible ha acabado por provocar un resurgimiento del oficio, del valor más simple de la publicidad: su capacidad de sorprender y su belleza.
Se ha aprendido a calcular el número de impactos, pero no su calidad, ni las sensaciones, ni los recuerdos, ni el “aprehendizaje”: por poner un ejemplo, entre Danone y Danet no hay ninguna diferencia, excepto toda una infancia, la de cada uno... ¿cómo se refleja eso en los resultados, cuando es un activo a amortizar durante décadas? El diseño, mucho más acostumbrado en estos últimos tiempos a trabajar con activos intangibles e inmedibles, y más libre del yugo de la investigación obsesiva, sigue elaborando estrategias donde la intuición, la memoria colectiva, la belleza asimilada tiene cabida. Lo que le hace mucho más publicitario, aunque suene a contradicción. No nos engañemos, esto no es novedoso, la tradición nos lo viene demostrando de atrás en la publicidad americana y en la inglesa, donde los aspectos formales no se someten al férreo e imposible “gusta/no gusta” como aquí se hace, ni se pretende que todas las opciones hayan de refutarse con argumentos objetivos cuando se trata de aspectos formales. Y más recientemente, lo que ahora nos sucede a nosotros lo han vivido hace unos años publicitarios y grafistas de países como Holanda, y de ese proceso han derivado en un auge de la comunicación gráfica, de los aspectos más culturales del diseño, de un aprecio por lo visual que, trasladado también a la publicidad, se troca en eficacia. Tomemos nota.
Tiene gracia, la obsesión por medir lo inmedible ha acabado por provocar un resurgimiento del oficio, del valor más simple de la publicidad: su capacidad de sorprender y su belleza.
Se ha aprendido a calcular el número de impactos, pero no su calidad, ni las sensaciones, ni los recuerdos, ni el “aprehendizaje”: por poner un ejemplo, entre Danone y Danet no hay ninguna diferencia, excepto toda una infancia, la de cada uno... ¿cómo se refleja eso en los resultados, cuando es un activo a amortizar durante décadas? El diseño, mucho más acostumbrado en estos últimos tiempos a trabajar con activos intangibles e inmedibles, y más libre del yugo de la investigación obsesiva, sigue elaborando estrategias donde la intuición, la memoria colectiva, la belleza asimilada tiene cabida. Lo que le hace mucho más publicitario, aunque suene a contradicción. No nos engañemos, esto no es novedoso, la tradición nos lo viene demostrando de atrás en la publicidad americana y en la inglesa, donde los aspectos formales no se someten al férreo e imposible “gusta/no gusta” como aquí se hace, ni se pretende que todas las opciones hayan de refutarse con argumentos objetivos cuando se trata de aspectos formales. Y más recientemente, lo que ahora nos sucede a nosotros lo han vivido hace unos años publicitarios y grafistas de países como Holanda, y de ese proceso han derivado en un auge de la comunicación gráfica, de los aspectos más culturales del diseño, de un aprecio por lo visual que, trasladado también a la publicidad, se troca en eficacia. Tomemos nota.
17.3.05
Jesús Moreno
Hay diseñadores que si no existieran habría que diseñarlos. Lo de Jesús Moreno es para convertirlo en un caso del iese. El que sea capaz de conjugar empresa y actitud ya lo instala en el grupo de los de privilegio, pero que le quede además entusiasmo para sostener y acrecentar una editorial modélica por contenidos y continentes, es en el sentido más literal de la palabra, un sinsentido. Su Sin Sentido. Y no contento, inaugura ahora un espaciogaleríalibrería en el centro de Madrid (Válgame Dios, 8, que hasta en el nombre de la calle lleva metáfora) que se perfila como centro de culto referencia para ilustradores, historietistas y diseñadores. Lo suyo es para descubrirse.
Hay diseñadores que si no existieran habría que diseñarlos. Lo de Jesús Moreno es para convertirlo en un caso del iese. El que sea capaz de conjugar empresa y actitud ya lo instala en el grupo de los de privilegio, pero que le quede además entusiasmo para sostener y acrecentar una editorial modélica por contenidos y continentes, es en el sentido más literal de la palabra, un sinsentido. Su Sin Sentido. Y no contento, inaugura ahora un espaciogaleríalibrería en el centro de Madrid (Válgame Dios, 8, que hasta en el nombre de la calle lleva metáfora) que se perfila como centro de culto referencia para ilustradores, historietistas y diseñadores. Lo suyo es para descubrirse.
20.1.05
lomo arriba, lomo abajo...
La he tenido enorme y encontrada con un grupo de amigos grafistas (si es que lo que no puede ser es que además de tener que competir en este chungo mercado de lunes a viernes encima seamos amigos el findesemana y quedemos a cenar...) sobre si el lomo de un libro debe leerse de abajo arriba o vicealcontrario; lo que empezó como recurrente sobremesa acabó en gritos, desafíos, alusiones a la capacitación para el ejercicio del diseño y desafiantes miradas al despedirnos. Cuando estas cosas se enfrían, todo pasa y al final somos más amigos que antes. O sea, que seguiremos quedando a cenar algun sábado para enfadarnos. Como quiera que no voy a utilizar mi situación dominante (a ellos no les corresponde escribir esta página) para defender mi razón, he encontrado una unica referencia bibliográfica al respecto. Como no podía ser de otro modo, la cita es del maestro José Martínez de Sousa en su importante, impresionante, impactante, impecable, impepinable, imponente, imprestable, impagable e imprescindible “Diccionario de edición, tipografía y artes gráficas” editado por Trea (si aún no lo tienes, querido lector, deja de perder el tiempo leyendo esto y sal corriendo a encargarlo en tu librería habitual). dice de Sousa:
“Título de lomo: Título que figura en el lomo del libro. Al igual que en el caso del título de cubierta, el lomo no siempre refleja exactamente, en su grafía, contenido y disposición, el de la portada. Según la forma de disponer el título en el lomo, recibe aquel una determinada denominación. Se llama título transversal cuando, por su extensión o su forma de composición, permite colocarlo paralelo a la cabeza y pie del libro; se llama título ascendente cuando se lee de abajo arriba, y se llama título descendente cuando se lee de arriba abajo. Cuando el título es demasiado largo para que adopte una disposición transversal, la costumbre tradicional, tanto en el mundo latino como en el anglosajón, era la de colocarlo de forma ascendente, es decir, de manera que se leyera de abajo arriba, porque de esta manera se lee con más facilidad que a la inversa cuando se coloca el volumen en una estantería. En 1926, la Asociación de Libreros de Gran Bretaña e Irlanda recomendaron que el título en el lomo se leyera de abajo arriba cuando no podía ir transversal. Sin embargo, en 1948 cambiaron de opinión y recomendaron lo contrario, tal vez por influencia de la ISO (International Organzation for Standarization, ‘Organización Internacional de Normalización’), fundada dos años antes (1946), que había decidido establecer la norma al revés de como se venía practicando. Actualmente, la norma UNE 50-120-92, versión por la Aenor de la norma ISO 6357:1985, establece que el título debe disponerse de arriba abajo, y añade: “Esta forma de título en el lomo se lee fácilmente cuando el libro está situado horizontalmente con la cubierta hacia arriba”. Este texto sugiere al menos dos comentarios: primero: cuando el libro está situado horizontalmente con la cubierta hacia arriba, lo que se lee con más facilidad es el título de la cubierta, no el del lomo; segundo: el título ascendente (“no normalizado”, dice la referida norma) se lee con más facilidad que el descendente cuando el libro muestra su lomo en un estante (que es la posición para la cual se emplea el título en el lomo); siendo esto así, resulta incomprensible por qué la norma internacional obliga a un comportamiento que entra en colisión con la lógica. Puesto que los libros se hacen para que ocupen un estante y no, en general, `para que estén sobre una mesa (caso en el cual tampoco existe problema, como se dice antes), es legítimo seguir la tradición latina y anglosajona de colocar el título en forma ascendente, con lo que se favorece al lector”. Pues eso.
(de Pseudonimma)
La he tenido enorme y encontrada con un grupo de amigos grafistas (si es que lo que no puede ser es que además de tener que competir en este chungo mercado de lunes a viernes encima seamos amigos el findesemana y quedemos a cenar...) sobre si el lomo de un libro debe leerse de abajo arriba o vicealcontrario; lo que empezó como recurrente sobremesa acabó en gritos, desafíos, alusiones a la capacitación para el ejercicio del diseño y desafiantes miradas al despedirnos. Cuando estas cosas se enfrían, todo pasa y al final somos más amigos que antes. O sea, que seguiremos quedando a cenar algun sábado para enfadarnos. Como quiera que no voy a utilizar mi situación dominante (a ellos no les corresponde escribir esta página) para defender mi razón, he encontrado una unica referencia bibliográfica al respecto. Como no podía ser de otro modo, la cita es del maestro José Martínez de Sousa en su importante, impresionante, impactante, impecable, impepinable, imponente, imprestable, impagable e imprescindible “Diccionario de edición, tipografía y artes gráficas” editado por Trea (si aún no lo tienes, querido lector, deja de perder el tiempo leyendo esto y sal corriendo a encargarlo en tu librería habitual). dice de Sousa:
“Título de lomo: Título que figura en el lomo del libro. Al igual que en el caso del título de cubierta, el lomo no siempre refleja exactamente, en su grafía, contenido y disposición, el de la portada. Según la forma de disponer el título en el lomo, recibe aquel una determinada denominación. Se llama título transversal cuando, por su extensión o su forma de composición, permite colocarlo paralelo a la cabeza y pie del libro; se llama título ascendente cuando se lee de abajo arriba, y se llama título descendente cuando se lee de arriba abajo. Cuando el título es demasiado largo para que adopte una disposición transversal, la costumbre tradicional, tanto en el mundo latino como en el anglosajón, era la de colocarlo de forma ascendente, es decir, de manera que se leyera de abajo arriba, porque de esta manera se lee con más facilidad que a la inversa cuando se coloca el volumen en una estantería. En 1926, la Asociación de Libreros de Gran Bretaña e Irlanda recomendaron que el título en el lomo se leyera de abajo arriba cuando no podía ir transversal. Sin embargo, en 1948 cambiaron de opinión y recomendaron lo contrario, tal vez por influencia de la ISO (International Organzation for Standarization, ‘Organización Internacional de Normalización’), fundada dos años antes (1946), que había decidido establecer la norma al revés de como se venía practicando. Actualmente, la norma UNE 50-120-92, versión por la Aenor de la norma ISO 6357:1985, establece que el título debe disponerse de arriba abajo, y añade: “Esta forma de título en el lomo se lee fácilmente cuando el libro está situado horizontalmente con la cubierta hacia arriba”. Este texto sugiere al menos dos comentarios: primero: cuando el libro está situado horizontalmente con la cubierta hacia arriba, lo que se lee con más facilidad es el título de la cubierta, no el del lomo; segundo: el título ascendente (“no normalizado”, dice la referida norma) se lee con más facilidad que el descendente cuando el libro muestra su lomo en un estante (que es la posición para la cual se emplea el título en el lomo); siendo esto así, resulta incomprensible por qué la norma internacional obliga a un comportamiento que entra en colisión con la lógica. Puesto que los libros se hacen para que ocupen un estante y no, en general, `para que estén sobre una mesa (caso en el cual tampoco existe problema, como se dice antes), es legítimo seguir la tradición latina y anglosajona de colocar el título en forma ascendente, con lo que se favorece al lector”. Pues eso.
(de Pseudonimma)
10.1.05
Excelencia Empresarial
El Ministerio de Industria, Turismo y Comercio ha concedido los Premios Príncipe Felipe a la Excelencia Empresarial. Estos Premios que se entregan en nueve categorías (aunque la de energías renovables y eficiencia energética quedó desierta) incluyen entre ellas una, la que nos ocupa, la de Diseño.
Este Premio tiene varias ventajas. Por un lado, su convocatoria nos da (aún más, si cabe) la razón a quienes venimos defendiendo que hay que replantearse la idoneidad del premio nacional de diseño a una empresa. Más que nada por aquello de la redundancia. Si a ello se le añade que unos (los Principe Felipe) y otros (los Nacionales de Diseño) serán convocados en sus próxima edición por el mismo ministerio y posiblemente dependan de la misma secretaría e incluso puede que del mismo departamento (o al menos hay que esperar que el papel del Ddi vaya a ser fundamental en ambos), cabe la posibilidad de que a alguien se le encienda la bombilla de la sensatez y se plantee que existiendo uno no tiene sentido el otro.
Por otra parte, el hecho de que sean honoríficos ahonda también en la idea de que este tipo de premios a empresas deben serlo así, mientras que los que se conceden a profesionales, ya sean bailarines, acróbatas, poetas o cocineros, todos –hasta los cuarentaitrés que hay– se acompañan de una dotación económica; a excepción, por motivos que siguen sin ser explicados, del que se otorga a los diseñadores (“...esos premios que tienen dotación sólo para sí mismos”, que dijera Juli Capella).
Pero si sacamos a colación esto es porque este año se ha hecho un paréntesis para que el Premio de Diseño a la excelencia empresarial (que por inercia se suelen llevar fabricantes de producto, lo mismito que sucede en el nacional) se le diera a una empresa vinculada no sólo al diseño industrial sino también al gráfico, en el entendido que la señalización y la implementación de identidad visual conforman el espacio confluente de ambas disciplinas. Así, la magnífica noticia de que el Premio Principe de Asturias a la Excelencia Empresarial, en el apartado de Diseño, ha sido este año para SIGNES, más allá de la satisfacción que a algunos nos produce, se manifiesta como el reconocimiento a un modo de entender la cultura del diseño muy por encima del metro cuadrado o lineal de perfiles, luminosos o lonas. O lo que es lo mismo, se incide de un modo directo en destacar que la eficacia empresarial no siempre es sólo producción, facturación y resultados, sino que puede también ser cuando menos compatible con el compromiso, la cultura, el fomento de iniciativas propias y el respaldo a las ajenas en una actitud militante de defensa de la actividad del diseño. En el caso que nos ocupa, además, ello se hace de un modo especialmente enérgico con todo aquello que tenga que ver con el apoyo a los futuros diseñadores y la presencia del diseño como inquietante de la inteligencia en nuestra sociedad. Así, el reconocimiento es la consecuencia lógica de un modo de hacer distinto, mejor. Y para no poner ni quitar, como sucede a veces lo mejor de estos premios es la justificación redactada del Jurado, a saber: “por su significativo aporte creativo y la calidad de sus productos y servicios ofrecidos en su dilatada y singular trayectoria; porque han convertido su empresa en una herramienta fundamental para la eficiente evolución del diseño gráfico en el mercado y por su permanente, generoso y valiente apoyo a las nuevas generaciones de diseñadores”.
Alguien se preguntará cómo es posible que le haya de llegar a SIGNES de la mano de los genéricos Príncipe Felipe en lugar del específico, que sería el Premio Nacional de Diseño; efectivamente, la cicatería y entreguismo de uno de los organizadores (el BCD) y las prácticas fraudulentas del otro (Ministerio) han desvirtuado los premios nacionales hasta ese extremo. Hoy, para SIGNES, a la coherencia de ni siquiera entrar en la oscura terna año tras año renunciando así de antemano a la posibilidad del Premio, se le suma el que sea otro Jurado, otro Premio, otro Ministerio el que le dé la razón.
El Ministerio de Industria, Turismo y Comercio ha concedido los Premios Príncipe Felipe a la Excelencia Empresarial. Estos Premios que se entregan en nueve categorías (aunque la de energías renovables y eficiencia energética quedó desierta) incluyen entre ellas una, la que nos ocupa, la de Diseño.
Este Premio tiene varias ventajas. Por un lado, su convocatoria nos da (aún más, si cabe) la razón a quienes venimos defendiendo que hay que replantearse la idoneidad del premio nacional de diseño a una empresa. Más que nada por aquello de la redundancia. Si a ello se le añade que unos (los Principe Felipe) y otros (los Nacionales de Diseño) serán convocados en sus próxima edición por el mismo ministerio y posiblemente dependan de la misma secretaría e incluso puede que del mismo departamento (o al menos hay que esperar que el papel del Ddi vaya a ser fundamental en ambos), cabe la posibilidad de que a alguien se le encienda la bombilla de la sensatez y se plantee que existiendo uno no tiene sentido el otro.
Por otra parte, el hecho de que sean honoríficos ahonda también en la idea de que este tipo de premios a empresas deben serlo así, mientras que los que se conceden a profesionales, ya sean bailarines, acróbatas, poetas o cocineros, todos –hasta los cuarentaitrés que hay– se acompañan de una dotación económica; a excepción, por motivos que siguen sin ser explicados, del que se otorga a los diseñadores (“...esos premios que tienen dotación sólo para sí mismos”, que dijera Juli Capella).
Pero si sacamos a colación esto es porque este año se ha hecho un paréntesis para que el Premio de Diseño a la excelencia empresarial (que por inercia se suelen llevar fabricantes de producto, lo mismito que sucede en el nacional) se le diera a una empresa vinculada no sólo al diseño industrial sino también al gráfico, en el entendido que la señalización y la implementación de identidad visual conforman el espacio confluente de ambas disciplinas. Así, la magnífica noticia de que el Premio Principe de Asturias a la Excelencia Empresarial, en el apartado de Diseño, ha sido este año para SIGNES, más allá de la satisfacción que a algunos nos produce, se manifiesta como el reconocimiento a un modo de entender la cultura del diseño muy por encima del metro cuadrado o lineal de perfiles, luminosos o lonas. O lo que es lo mismo, se incide de un modo directo en destacar que la eficacia empresarial no siempre es sólo producción, facturación y resultados, sino que puede también ser cuando menos compatible con el compromiso, la cultura, el fomento de iniciativas propias y el respaldo a las ajenas en una actitud militante de defensa de la actividad del diseño. En el caso que nos ocupa, además, ello se hace de un modo especialmente enérgico con todo aquello que tenga que ver con el apoyo a los futuros diseñadores y la presencia del diseño como inquietante de la inteligencia en nuestra sociedad. Así, el reconocimiento es la consecuencia lógica de un modo de hacer distinto, mejor. Y para no poner ni quitar, como sucede a veces lo mejor de estos premios es la justificación redactada del Jurado, a saber: “por su significativo aporte creativo y la calidad de sus productos y servicios ofrecidos en su dilatada y singular trayectoria; porque han convertido su empresa en una herramienta fundamental para la eficiente evolución del diseño gráfico en el mercado y por su permanente, generoso y valiente apoyo a las nuevas generaciones de diseñadores”.
Alguien se preguntará cómo es posible que le haya de llegar a SIGNES de la mano de los genéricos Príncipe Felipe en lugar del específico, que sería el Premio Nacional de Diseño; efectivamente, la cicatería y entreguismo de uno de los organizadores (el BCD) y las prácticas fraudulentas del otro (Ministerio) han desvirtuado los premios nacionales hasta ese extremo. Hoy, para SIGNES, a la coherencia de ni siquiera entrar en la oscura terna año tras año renunciando así de antemano a la posibilidad del Premio, se le suma el que sea otro Jurado, otro Premio, otro Ministerio el que le dé la razón.
29.12.04
Premios Nacionales de Diseño (los PENES)
Cae como una losa la noticia del fallecimiento de Daniel Gil. Esta profesión ha sido con él comedidamente correspondiente, pero a la altura del betún han quedado los politicos y funcionarios. Sobre la mesa de todos los que han tenido que ver algo con el diseño en las administraciones ha estado la necesidad imperiosa de recoger y difundir el trabajo de Daniel antes de que muriera. Ahora les faltará tiempo, sospecho. Daniel era un malhumorado, exigente e intransigente viejo, no sé si más débil ante una caja de bombones o un buen plato de jamón ibérico. Vamos a echar de menos su cabezonería, su humor hiriente, y la lucidez y el análisis de las cosas, era sabio, que acompañaba su torpeza de movimientos. Y el cariño con que nos trataba vamos a añorarlo también.
Finales de diciembre y persiste un bloqueado mutismo con respecto a los Premios Nacionales, y llama la atención, que por estas fechas en que escribo, la edición anterior la estaban ya apañando en los despachos aquellos bucaneros políticos (qué ridícula resulta ahora vuestra prepotencia y altanería...) y sus eficaces adláteres del BCD. Lo cierto es que después del pucherazo de marras, tampoco pasaría nada si esta edición no se celebrara, y nos diéramos un año para el descabreo, que no para el olvido.
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Post Scriptum: Me llama un ex-premiado y me cuenta que sí, que con fecha del día de nochebuena les ha llegado a los proponientes –esa interminable relación de supuestos con criterio que “nominan” a los nombrables– la carta con la convocatoria de este año. Y me manifiesta su extrañeza porque ni la cosa de la dotación, ni la participación de los organizadores en el jurado (cuya desaparición viene reclamándose de atrás) se han movido un ápice. Y es que antes de verano las asociaciones fueron llamadas a consultas por el BCD (para abortar un amago de poner las lanzas en pie de guerra que se gestó en una comida en el FAD y que después quedó en stand by al cambiar el signo politico del gobierno), quien se ha convertido en una especie de cortafuegos para evitar que los afectados lleguemos a los políticos: convocan la reunión (en la que nunca hay representantes del ministerio) y nos prometen tras la misma que trasladarán nuestras inquietudes a los responsables políticos.... para asegurarse que luego nada cambie.
Por cierto, también me cuentan que en esa reunión los del mamporreo sostenían que lo del pucherazo del año pasado se lo ha inventado esta revista [referido a VISUAL, donde originalmente se publicó este texto]. Afortunadamente ahí están los jurados, que son los que de verdad vivieron lo que pasó y pueden contarlo. Quien quiera saber, que les pregunte. Pero también pueden los señores del BCD romper ese silencio (aquí se han hecho acusaciones que de no ser ciertas habría para empapelar hasta al niño de los recados) y hacer pública su versión, en lugar de mantenerse agachaítos a ver si nos olvidamos.
Y leo las nuevas bases, en las que a favor, veo que desaparece la mención explicita de “estos premios carecen de dotación económica”. Tampoco dicen que vaya a haberla, o sea que nada cambia, pero por lo menos no nos lo restriegan... es algo.
En contra: sigue con todo descaro y sin una mínima explicación el BCD como convocante consorte, lo que anula cualquier esperanza de renovación: si la trampa la hizo el ministerio (donarturito y su mezquino “propio”, el de las llamadas amenazantes a quien se fuera de la lengua), el BCD actuó a modo de cómplice, ocupándose además del amaño: con posterioridad a la reunión del jurado hubo que telefonear uno a uno a los miembros del mismo y llevarles al huerto, y eso evidentemente no se hizo desde el ministerio: los mamporreros estaban ahí para esas labores, que para eso se lo llevan...
El día que los jurados hablen, si quieren, esto se viene al traste. Y mientras, aunque los premios cambien de signo político, de departamento y de ministerio, queda por aclarar qué papel juega el BCD en todo esto.
(de Pseudonimma)
Cae como una losa la noticia del fallecimiento de Daniel Gil. Esta profesión ha sido con él comedidamente correspondiente, pero a la altura del betún han quedado los politicos y funcionarios. Sobre la mesa de todos los que han tenido que ver algo con el diseño en las administraciones ha estado la necesidad imperiosa de recoger y difundir el trabajo de Daniel antes de que muriera. Ahora les faltará tiempo, sospecho. Daniel era un malhumorado, exigente e intransigente viejo, no sé si más débil ante una caja de bombones o un buen plato de jamón ibérico. Vamos a echar de menos su cabezonería, su humor hiriente, y la lucidez y el análisis de las cosas, era sabio, que acompañaba su torpeza de movimientos. Y el cariño con que nos trataba vamos a añorarlo también.
Finales de diciembre y persiste un bloqueado mutismo con respecto a los Premios Nacionales, y llama la atención, que por estas fechas en que escribo, la edición anterior la estaban ya apañando en los despachos aquellos bucaneros políticos (qué ridícula resulta ahora vuestra prepotencia y altanería...) y sus eficaces adláteres del BCD. Lo cierto es que después del pucherazo de marras, tampoco pasaría nada si esta edición no se celebrara, y nos diéramos un año para el descabreo, que no para el olvido.
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Post Scriptum: Me llama un ex-premiado y me cuenta que sí, que con fecha del día de nochebuena les ha llegado a los proponientes –esa interminable relación de supuestos con criterio que “nominan” a los nombrables– la carta con la convocatoria de este año. Y me manifiesta su extrañeza porque ni la cosa de la dotación, ni la participación de los organizadores en el jurado (cuya desaparición viene reclamándose de atrás) se han movido un ápice. Y es que antes de verano las asociaciones fueron llamadas a consultas por el BCD (para abortar un amago de poner las lanzas en pie de guerra que se gestó en una comida en el FAD y que después quedó en stand by al cambiar el signo politico del gobierno), quien se ha convertido en una especie de cortafuegos para evitar que los afectados lleguemos a los políticos: convocan la reunión (en la que nunca hay representantes del ministerio) y nos prometen tras la misma que trasladarán nuestras inquietudes a los responsables políticos.... para asegurarse que luego nada cambie.
Por cierto, también me cuentan que en esa reunión los del mamporreo sostenían que lo del pucherazo del año pasado se lo ha inventado esta revista [referido a VISUAL, donde originalmente se publicó este texto]. Afortunadamente ahí están los jurados, que son los que de verdad vivieron lo que pasó y pueden contarlo. Quien quiera saber, que les pregunte. Pero también pueden los señores del BCD romper ese silencio (aquí se han hecho acusaciones que de no ser ciertas habría para empapelar hasta al niño de los recados) y hacer pública su versión, en lugar de mantenerse agachaítos a ver si nos olvidamos.
Y leo las nuevas bases, en las que a favor, veo que desaparece la mención explicita de “estos premios carecen de dotación económica”. Tampoco dicen que vaya a haberla, o sea que nada cambia, pero por lo menos no nos lo restriegan... es algo.
En contra: sigue con todo descaro y sin una mínima explicación el BCD como convocante consorte, lo que anula cualquier esperanza de renovación: si la trampa la hizo el ministerio (donarturito y su mezquino “propio”, el de las llamadas amenazantes a quien se fuera de la lengua), el BCD actuó a modo de cómplice, ocupándose además del amaño: con posterioridad a la reunión del jurado hubo que telefonear uno a uno a los miembros del mismo y llevarles al huerto, y eso evidentemente no se hizo desde el ministerio: los mamporreros estaban ahí para esas labores, que para eso se lo llevan...
El día que los jurados hablen, si quieren, esto se viene al traste. Y mientras, aunque los premios cambien de signo político, de departamento y de ministerio, queda por aclarar qué papel juega el BCD en todo esto.
(de Pseudonimma)
26.12.04
Editorial Actar
Me cuentan que han sido reconocidos con el premio a la trayectoria editorial en los Premios Daniel Gil, lo que reconforta y anima cuando parece que lo de editar boutades sobre diseño parece un deporte. Llevan años hilando finísimo y sus libros son garantía de calidad. A ellos mi máxima admiración. Y también a Satué, que ha recibido el premio a la trayectoria profesional, merecidísimo a estas alturas.
Me cuentan que han sido reconocidos con el premio a la trayectoria editorial en los Premios Daniel Gil, lo que reconforta y anima cuando parece que lo de editar boutades sobre diseño parece un deporte. Llevan años hilando finísimo y sus libros son garantía de calidad. A ellos mi máxima admiración. Y también a Satué, que ha recibido el premio a la trayectoria profesional, merecidísimo a estas alturas.
20.12.04
Gráfistas vs. industriales
En ocasiones hecho en cara a las estrellas que a mí me tocara el don de la gráfica, cuando lo que de verdad tiene que ser bonito es lo del mal llamado diseño de producto. Y a propósito, cómo hecho de menos lo del diseño industrial: aquí entre lo que se nos llenó la boca primero con el puto proyecto y su cultura, que a ver si lo dejan ya por agotado, y ahora que en las escuelas ya no se habla de diseño industrial sino de producto, casi que da gusto cuando te encuentras con un abuelete diseñador de esos de más de cuarentaicinco, que te habla de industrial con orgullo. Aiquehoerse con la palabrería.
Decía lo de industrial porque les veo (en Valencia y en Barcelona, que aquí en Madrid o no hay o se esconden) como que lo viven con más quietud y reflexión. Eso puede darlo el que cuando haces una silla o una lámpara, debe uno quedarse como refocilando en la reflexión de que acompañará treinta años o más la vida de muchas personas, en sus mudanzas, en sus esperas y en sus desesperaciones, en el amor, en la enfermedad, en la suerte... y en cambio una página diseñada dura un día, un cartel una semana y un logo, a lo más, cinco años sin que alguien lo “revise”. También puede que influya el hecho de que con un buen trabajo de gráfico llegas a fin de mes, a lo sumo, y en cambio, aunque sea un topicazo incierto, con tres o cuatro pelotazos “de producto” hay quien cree que se podría vivir de los rollaltis.
Sea lo que sea, a mi me parece que los producteros van por la vida con mas tranquilidad, viendo pasar el río y refrescándose los pies, mientras que los gráficos creemos que nos lo tenemos que beber entero. Y eso sin tener en cuenta el ahorro material y la paz espiritual que debe producir no tener que llevar ni gafas de pasta de colores, ni perillas o patillas de cincelado imposible, y que como en los muebles que crean, sólo han de combinar para vestirse negro, crudos y grises. Y como sucede al hablar, a veces empiezas a escribir teniéndolo muy claro y cuando lleva una tres párrafos, ya no se acuerda a qué venía esto... pues ahí queda, que tengo prisa que se me lleva la corriente.
(de Pseudonimma)
En ocasiones hecho en cara a las estrellas que a mí me tocara el don de la gráfica, cuando lo que de verdad tiene que ser bonito es lo del mal llamado diseño de producto. Y a propósito, cómo hecho de menos lo del diseño industrial: aquí entre lo que se nos llenó la boca primero con el puto proyecto y su cultura, que a ver si lo dejan ya por agotado, y ahora que en las escuelas ya no se habla de diseño industrial sino de producto, casi que da gusto cuando te encuentras con un abuelete diseñador de esos de más de cuarentaicinco, que te habla de industrial con orgullo. Aiquehoerse con la palabrería.
Decía lo de industrial porque les veo (en Valencia y en Barcelona, que aquí en Madrid o no hay o se esconden) como que lo viven con más quietud y reflexión. Eso puede darlo el que cuando haces una silla o una lámpara, debe uno quedarse como refocilando en la reflexión de que acompañará treinta años o más la vida de muchas personas, en sus mudanzas, en sus esperas y en sus desesperaciones, en el amor, en la enfermedad, en la suerte... y en cambio una página diseñada dura un día, un cartel una semana y un logo, a lo más, cinco años sin que alguien lo “revise”. También puede que influya el hecho de que con un buen trabajo de gráfico llegas a fin de mes, a lo sumo, y en cambio, aunque sea un topicazo incierto, con tres o cuatro pelotazos “de producto” hay quien cree que se podría vivir de los rollaltis.
Sea lo que sea, a mi me parece que los producteros van por la vida con mas tranquilidad, viendo pasar el río y refrescándose los pies, mientras que los gráficos creemos que nos lo tenemos que beber entero. Y eso sin tener en cuenta el ahorro material y la paz espiritual que debe producir no tener que llevar ni gafas de pasta de colores, ni perillas o patillas de cincelado imposible, y que como en los muebles que crean, sólo han de combinar para vestirse negro, crudos y grises. Y como sucede al hablar, a veces empiezas a escribir teniéndolo muy claro y cuando lleva una tres párrafos, ya no se acuerda a qué venía esto... pues ahí queda, que tengo prisa que se me lleva la corriente.
(de Pseudonimma)
25.11.04
De la propiedad intelectual y el diseño.
Andamos llegando tarde, como siempre, al debate de las nuevas formas de entender la propiedad intelectual y la autoría. Por mucho que se esfuerzan las directivas entre países por definir las leyes, y el esfuerzo que se hace localmente por no dejar pasar el tiempo, la realidad va mucho más rápido que los que la ordenan. Hemos empezado por la música, con la incompetencia inherente de las entidades de gestión, esto ya no hay quien lo pare, y en el mismo sentido evolucionará el software. La falta de cintura de la industria y la impericia de quienes dicen defender a los autores están llevando a una situación de no retorno en la que el residual de los estúpidos cánones o la minoría que va a seguir pagando por lo que es gratis, no puede ser la solución.
Pero detrás vienen otras formas de expresión: la fotografía se ve abocada a que el mundo se convierta en un millonario archivo de imágenes de libre uso. Hoy en los museos nos plotean bajo demanda, eligiendo tamaño, material y presentación, cualquier imagen de fondo propio o de cualquier museo del mundo, y a precio de centímetro cuadrado. Y detrás vienen los libros, las revistas, los artículos...
Pues a una servidora esto le parece cada vez mejor, porque habrá que defender los derechos de autor (la remuneración de uso, más bien) pero tendremos que ser imaginativos para que ello no sea un freno a la divulgación, al derecho a la información, a la igualdad de acceso a la cultura y a las culturas... cada vez más internet se está convirtiendo en un espacio para las nuevas formas de entender la autoría, que escandalizan a las industrias pero avanzan irremediablemente porque sus motivaciones son más defendibles.
Y en todo este río revuelto... ¿dónde queda el diseño? Pues no va a ser muy distinto lo que nos pase a los grafistas: si el plagio y la copia están a la orden del dia, quizá los gráficos contamos con la ventaja de que apenas hemos cobrado por reproducción y uso, sino por creación y cesión sin limitaciones. Así, no nos perjudica sino en la medida en que quienes nos contratan pierdan ingresos (y capacidad de invertir). O lo que es lo mismo, nuestro trabajo está siempre sujeto a la bondad de los ingresos de la parte contratante, y cuando los editores y productores estornudan, nosotros pasamos una bronquitis en toda regla. A cambio me gusta pensar que esa otra parte cultural y espiritual y de enriquecimiento visual colectivo que conforma el conjunto de nuestro trabajo, el de todos, es y va a ser mucho más accesible, sin acotaciones ni espacios restringidos.
(de Pseudonimma)
Andamos llegando tarde, como siempre, al debate de las nuevas formas de entender la propiedad intelectual y la autoría. Por mucho que se esfuerzan las directivas entre países por definir las leyes, y el esfuerzo que se hace localmente por no dejar pasar el tiempo, la realidad va mucho más rápido que los que la ordenan. Hemos empezado por la música, con la incompetencia inherente de las entidades de gestión, esto ya no hay quien lo pare, y en el mismo sentido evolucionará el software. La falta de cintura de la industria y la impericia de quienes dicen defender a los autores están llevando a una situación de no retorno en la que el residual de los estúpidos cánones o la minoría que va a seguir pagando por lo que es gratis, no puede ser la solución.
Pero detrás vienen otras formas de expresión: la fotografía se ve abocada a que el mundo se convierta en un millonario archivo de imágenes de libre uso. Hoy en los museos nos plotean bajo demanda, eligiendo tamaño, material y presentación, cualquier imagen de fondo propio o de cualquier museo del mundo, y a precio de centímetro cuadrado. Y detrás vienen los libros, las revistas, los artículos...
Pues a una servidora esto le parece cada vez mejor, porque habrá que defender los derechos de autor (la remuneración de uso, más bien) pero tendremos que ser imaginativos para que ello no sea un freno a la divulgación, al derecho a la información, a la igualdad de acceso a la cultura y a las culturas... cada vez más internet se está convirtiendo en un espacio para las nuevas formas de entender la autoría, que escandalizan a las industrias pero avanzan irremediablemente porque sus motivaciones son más defendibles.
Y en todo este río revuelto... ¿dónde queda el diseño? Pues no va a ser muy distinto lo que nos pase a los grafistas: si el plagio y la copia están a la orden del dia, quizá los gráficos contamos con la ventaja de que apenas hemos cobrado por reproducción y uso, sino por creación y cesión sin limitaciones. Así, no nos perjudica sino en la medida en que quienes nos contratan pierdan ingresos (y capacidad de invertir). O lo que es lo mismo, nuestro trabajo está siempre sujeto a la bondad de los ingresos de la parte contratante, y cuando los editores y productores estornudan, nosotros pasamos una bronquitis en toda regla. A cambio me gusta pensar que esa otra parte cultural y espiritual y de enriquecimiento visual colectivo que conforma el conjunto de nuestro trabajo, el de todos, es y va a ser mucho más accesible, sin acotaciones ni espacios restringidos.
(de Pseudonimma)
24.8.04
Prohibido prohibir.
me ha tocado este mes de agosto ponerme al día al respecto de una entelequia acerca de la cual empezaremos a oir hablar con insistencia, sospecho: los derechos culturales. Coincidiendo con los diálogos que en el Fórum trataban el tema, y de la mano de la AECI, el admirado Chaves y mi señorito han comisariado para el fasto barcelonés (con itinerancia posterior) una exposición deliciosa de reflexiones gráficas de ilustradores y diseñadores sobre el tema. De la muestra concluyo que el asunto está difuso y que hay que concretar y debatir muchísimo, y al tiempo me demuestra también que esa ambigüedad (nebulosa, diría) ha resultado en unas soluciones gráficas mucho más interesantes que lo que acostumbramos a ver en convocatorias así, donde el tópico, lo recurrente y repetitivo suele ser dominante. Especialmente, sin desmerecer del resto, me quedo con propuestas como la de Rubén Fontana, la de Eric Olivares, la de Hoa Melgar, la de Lalo Quintana o la de Hermenegildo Sábat, que me reconcilian aunque sea por lo parcial con esta fiebre institucional de recurrir a los grafistas para este tipo de colectivas voluntariosas e irrelevantes, siendo sin embargo incapaces de incorporarlos (a los grafistas) a sus estrategias en el mundo real cuando afrontan este tipo de problemas.
Y ya más concretamente, algunos apuntes respecto a los derechos culturales: cuando le pregunto, por lo privado, a Chaves me cuenta con esa ironía genial suya que “el tema está muy verde y hay mucho por hacer, casi hay que empezar por explicarle a la gente que no se trata del derecho que supuestamente tendrían los artistas mediocres a recibir subvenciones y ayudas” (no es textual). Y no puedo evitar acordarme que, como ya hiciera en la CAM , al llegar a la alcaldía Gallardón ha eliminado de su mapa la concejalía de Cultura en favor de la de las Artes, con lo que Madrid ya es una ciudad y comunidad sin cultura, aunque eso sí, puestos están los mimbres para esa concepción tan cortesana, condescendiente y antojadiza del arte y de los artistas como interesados bufones de lo establecido que tanto gusta a Gallardón y a los suyos. Y por mi parte, yo sigo en mis trece: aunque la literatura pueda ser arte, la cultura está en la lectura.
Y más: mientras escribo esto hay dos periodistas retenidos por el islamismo extremo y con amenaza de ser ejecutados si no se deroga la reciente ley que prohibe cualquier simbolo externo de las religiones en las escuelas francesas. Y una no puede sino pensar en esos vientos sembrados, y recordar el fantástico cartel de Sábat para esa exposición: “prohibido prohibir”.
(de Pseudonimma)
me ha tocado este mes de agosto ponerme al día al respecto de una entelequia acerca de la cual empezaremos a oir hablar con insistencia, sospecho: los derechos culturales. Coincidiendo con los diálogos que en el Fórum trataban el tema, y de la mano de la AECI, el admirado Chaves y mi señorito han comisariado para el fasto barcelonés (con itinerancia posterior) una exposición deliciosa de reflexiones gráficas de ilustradores y diseñadores sobre el tema. De la muestra concluyo que el asunto está difuso y que hay que concretar y debatir muchísimo, y al tiempo me demuestra también que esa ambigüedad (nebulosa, diría) ha resultado en unas soluciones gráficas mucho más interesantes que lo que acostumbramos a ver en convocatorias así, donde el tópico, lo recurrente y repetitivo suele ser dominante. Especialmente, sin desmerecer del resto, me quedo con propuestas como la de Rubén Fontana, la de Eric Olivares, la de Hoa Melgar, la de Lalo Quintana o la de Hermenegildo Sábat, que me reconcilian aunque sea por lo parcial con esta fiebre institucional de recurrir a los grafistas para este tipo de colectivas voluntariosas e irrelevantes, siendo sin embargo incapaces de incorporarlos (a los grafistas) a sus estrategias en el mundo real cuando afrontan este tipo de problemas.
Y ya más concretamente, algunos apuntes respecto a los derechos culturales: cuando le pregunto, por lo privado, a Chaves me cuenta con esa ironía genial suya que “el tema está muy verde y hay mucho por hacer, casi hay que empezar por explicarle a la gente que no se trata del derecho que supuestamente tendrían los artistas mediocres a recibir subvenciones y ayudas” (no es textual). Y no puedo evitar acordarme que, como ya hiciera en la CAM , al llegar a la alcaldía Gallardón ha eliminado de su mapa la concejalía de Cultura en favor de la de las Artes, con lo que Madrid ya es una ciudad y comunidad sin cultura, aunque eso sí, puestos están los mimbres para esa concepción tan cortesana, condescendiente y antojadiza del arte y de los artistas como interesados bufones de lo establecido que tanto gusta a Gallardón y a los suyos. Y por mi parte, yo sigo en mis trece: aunque la literatura pueda ser arte, la cultura está en la lectura.
Y más: mientras escribo esto hay dos periodistas retenidos por el islamismo extremo y con amenaza de ser ejecutados si no se deroga la reciente ley que prohibe cualquier simbolo externo de las religiones en las escuelas francesas. Y una no puede sino pensar en esos vientos sembrados, y recordar el fantástico cartel de Sábat para esa exposición: “prohibido prohibir”.
(de Pseudonimma)
5.4.04
Los manolos, amigos para siempre
La que se ha liado en Madrid. Un grupo de interés (o de intereses, porque cada uno tiene los suyos y no ha habido más que coincidirlos) al que ya se le empieza a llamar los manolos, que mira que nos gusta en Madrid lo del sarcasmo, intentó por la ilegítima hacerse con la AEPD, y no pudiendo por la vía democrática de ganar unas elecciones, que el batacazo fue de estruendo, va y se monta la suya propia. Ha sentado mal, sobretodo porque cada quisque tiene ahora que nadar entre estas dos aguas sin enfrentarse, y eso se hace incómodo. Y caro, que no está boyante el espíritu asociacionista como para duplicar cuotas.
Vaya por delante que servidora ha tomado ya partido y no es cuestión de andarse templando paños. Lo de acercar el asociacionismo a las instituciones y su dinero es legítimo y producente, todas lo hacen y así debe ser. Otra cosa es cuando se quiere o necesita articular el colectivo en función de esos apoyos institucionales y su dinero como objetivo, que parece que es más lo que está pasando. Pero una toma partido sobretodo porque cuando parece que la AEPD empieza a rejuvenecer su espíritu con una junta renovadamente entusiasta, de nuevos nombres y que ha demostrado un activismo fuera de dudas (sea a través de la lista de correo interna de la que han salido iniciativas interesantes, lo sea a partir de las llamadas "comisiones", caldo de cultivo de otras tantas) vuelve a ser que siempre tiene que aparecer una especie de núcleo duro o politburó que reniega de la evolución o ve peligrar lo suyo, o las dos cosas, y se aferra a lo que haga falta.
No les ha faltado nada: malas artes, desprecios, incluso extraños movimientos amenazantes para acallar las voces críticas. Y mientras, el bochornoso espectáculo que desde fuera podría interpretarse como que desde Madrid se quería dar de lado a los diseñadores de provincias, que siempre han tenido su espacio en AEPD, para tratar de enrrocarse de la mano de los políticos en esa inexistente identidad del diseño madrileño. Pues quédense tranquilos ellos, los de provincias, digo, que afortunadamente hay AEPD para rato, y estas cosas cuando no matan endurecen. Los otros, los manolos, me permito aventurar que durarán mientras los intereses que mueven esa máquina no se encuentren, y siempre que haya institución y su parné que pillar. Y si no, al tiempo.
Afortunadamente, a AEPD le pilla esto en un momento de actividad renovada, que se ha visto respaldada por un gran número de socios que si andaban en el siempre respetable terreno de la apatía han visto que era el momento de arrimar el hombro. Bien está.
(de Pseudonimma)
La que se ha liado en Madrid. Un grupo de interés (o de intereses, porque cada uno tiene los suyos y no ha habido más que coincidirlos) al que ya se le empieza a llamar los manolos, que mira que nos gusta en Madrid lo del sarcasmo, intentó por la ilegítima hacerse con la AEPD, y no pudiendo por la vía democrática de ganar unas elecciones, que el batacazo fue de estruendo, va y se monta la suya propia. Ha sentado mal, sobretodo porque cada quisque tiene ahora que nadar entre estas dos aguas sin enfrentarse, y eso se hace incómodo. Y caro, que no está boyante el espíritu asociacionista como para duplicar cuotas.
Vaya por delante que servidora ha tomado ya partido y no es cuestión de andarse templando paños. Lo de acercar el asociacionismo a las instituciones y su dinero es legítimo y producente, todas lo hacen y así debe ser. Otra cosa es cuando se quiere o necesita articular el colectivo en función de esos apoyos institucionales y su dinero como objetivo, que parece que es más lo que está pasando. Pero una toma partido sobretodo porque cuando parece que la AEPD empieza a rejuvenecer su espíritu con una junta renovadamente entusiasta, de nuevos nombres y que ha demostrado un activismo fuera de dudas (sea a través de la lista de correo interna de la que han salido iniciativas interesantes, lo sea a partir de las llamadas "comisiones", caldo de cultivo de otras tantas) vuelve a ser que siempre tiene que aparecer una especie de núcleo duro o politburó que reniega de la evolución o ve peligrar lo suyo, o las dos cosas, y se aferra a lo que haga falta.
No les ha faltado nada: malas artes, desprecios, incluso extraños movimientos amenazantes para acallar las voces críticas. Y mientras, el bochornoso espectáculo que desde fuera podría interpretarse como que desde Madrid se quería dar de lado a los diseñadores de provincias, que siempre han tenido su espacio en AEPD, para tratar de enrrocarse de la mano de los políticos en esa inexistente identidad del diseño madrileño. Pues quédense tranquilos ellos, los de provincias, digo, que afortunadamente hay AEPD para rato, y estas cosas cuando no matan endurecen. Los otros, los manolos, me permito aventurar que durarán mientras los intereses que mueven esa máquina no se encuentren, y siempre que haya institución y su parné que pillar. Y si no, al tiempo.
Afortunadamente, a AEPD le pilla esto en un momento de actividad renovada, que se ha visto respaldada por un gran número de socios que si andaban en el siempre respetable terreno de la apatía han visto que era el momento de arrimar el hombro. Bien está.
(de Pseudonimma)
24.2.04
Los aspirantes
Alguna vez he oído (más en BCN que en MAD) quejarse a los jóvenes de ese "tapón" que suponen los "popes" y que dificulta el acceso al trozo dulce del pastel... pues, ¡ea!; en el análisis, prefiero discrepar (o matizar, cuando menos...).
Los popes son pocos, no más de diez en cada una de esas plazas, y ni siquiera tantos juntando todos los del resto del estado... y tienen su mercado muy vinculado a la firma o diseño de autor, con presencia preferente en la res publica. No, la amenaza no son los popes. Sobretodo porque están perfectamente identificados, son pocos y su actividad tiende a remitir (ley de vida). Y al margen, hay que agradecerles que marcan el listón por la parte alta, en calidad y precio, y eso beneficia a todos. La verdadera amenaza son los aspirantes a pope, una pequeña facción de la "generación intermedia" empeñada en subir al carro de los maestros, así sea a codazos o pisotones si el fregao lo pide en cada caso.
Una no es tan suicida (que yo también vivo de esto...) como para citar nombres, pero nadie ha de molestarse si la descripción viene por las actitudes, y si alguien se pica habrá que buscarle los ajos. Basta con estar atentos.
El stafista. Se le encuentra repetido siempre en los créditos, las fichas técnicas y los stafs. Omnipresente y polifacético donde los haya, suele llevar el nombre de su estudio y firmar con su nombre todo lo que de su casa sale, lo haya hecho quien lo haya hecho. Eso sí, si con los años alguno de sus anónimos tapados decide emprender vuelo en solitario, bien se encargará nuestro stafista de extender la sospecha de traición en el colectivo y enmerdarle la existencia en la medida que pueda.
Muchas veces, tanto le pierde el figurar al stafista que alcanzará el ridículo en extensas fichas técnicas en las que ocupará uno y otro y otro más cargos, algunos incompatibles (recuerdo uno que por error, en la euforia figurante, llegó a ponerse como ayudante de sí mismo...). Es especialmente doloso cuando extiende sus malas artes en los proyectos de paternidad compartida, en los que acabará siempre por parecer que todo lo hace él, o lo que es peor, que los demás son sólo comparsas de su liderazgo y responsabilidad. No hace mucho me sorprendió un caso de manual y estridente: se trataba de una gran exposición en el Reina, en los créditos iba por delante el diseño de catálogo que el diseño de la exposición (que evidentemente, por simple relación de causa-efecto, cuando no por envergadura proyectual, debería figurar en orden inverso). Pero no contento, al llegar al diseño de la exposición, iba también el diseño gráfico (logotipito y cartelas, supongo) por delante del diseño expositivo, con lo que el auténtico diseñador – concretamente Pedro G.R., ese que llaman el Boss, y que por cierto, lo había bordao y para mí es de los esenciales– quedaba casi como becario del stafista.
...el del libro. Este es otro ejemplar que, lejos del peligro de extinción, parece que prolifera. Como reza el dicho: plantar un árbol, montar en globo... y que te hagan un libro. Y no me refiero a esos librillos de "autopromo", objetitos de culto como los que de siempre se edita Pati (que son para la envidia cochina de bien hechos que están) o los de Isidro, no menos de culto y siempre con historia añadida. A los que me refiero es a esos otros en que el boato, la nata y sobretodo la guinda -no olvidar nunca la guinda-, los canapés en la presentación, la inversión y la dificultad gráfica y de manipulado son inmensamente proporcionales al nulo interés de su contenido. Y es entonces, al encontrar otra vez un libro de estos, cuando nos acordamos de todo lo que está sin editarse de los maestros (Huguet, G.Miracle, Diego Lara, Daniel Gil, Pla Narbona...), todo tan esencial e imprescindible, frente a la grandilocuencia con que se edita lo anecdótico. Tengo un par de estos librejos siempre cerca, para que me sirvan de recordación y disuasorio si un día tengo la tentación...
Los niños yunteros. Tomo la denominación prestada, que no es mía, de alguien que la usó en la imprescindible e impagable lista de correo de AEPD (más info: administracion@aepd.es). Supongo que lo de niños es cariñoso, y lo de yunteros se refiere a la condición de pertenencia a la junta directiva de alguna asociación. Vaya por delante mi admiración y respeto por todos los que desinteresadamente, de modo altruista, quitándoselo de su tiempo para la familia o la juerga, se dejan horas y esfuerzos en el cultivo de la flor asociacionista. No es a ellos. Pero hay también otros yunteros, que es a los que me refiero. Por las vías más peregrinas acceden a las juntas e incluso a las presidencias, y una vez instalados, simplemente trepan. Porque estar en una junta directiva da acceso a información antes y mejor, y ahí ya depende de cómo uno decida si la usa y cómo la usa.
Me cuentan la fábula reciente de que un presidente de asociación local entre Galicia y Cantabria, a instancia de los socios protestó formalmente por la manifiestamente desastrosa forma de convocarse un cierto concurso... que quedó desconvocado, siendo asignado el encargo por la vía directa... ¡a ese presidente! (por cierto, que ya lo echaron...).
Y en esta misma línea, habrá que hablar de los yunteros fantasmas: son los yunteros que simplemente hacen abstracción de sus funciones, no asistiendo a las juntas. Alguien dirá que para qué entonces ser yuntero. Pues por la estadística: es sabido que hay una costumbre en los ministerios y determinadas administraciones (es, como decía, pura estadística, no hago juicio de valor) en encargar sus trabajos de diseño a los yunteros. Podría ser que así quieran premiar a quienes desinteresadamente trabajan por el colectivo; hasta tendría su parte de romanticismo mal entendido. Pero también podría ser que el diseño va por un lado y la oficialidad por otro, de tal manera que acaba por crearse un endogámico grupo selecto formado por funcionarios y políticos, periodistas de género, activistas, comisarios y jurados habituales, yunteros y presidentes de asociaciones... y en su incestuoso modo de entender(se) acabaría por resultar que estar en las juntas de las asociaciones es una vía dulce por la que acceder al encargo, a ese determinado tipo de encargo.
No hace mucho dos de estos yunteros quisieron hacerse por la tremenda con la asociación de más representación fuera de Catalunya. Ni cortos ni perezosos, montaron una candidatura, que rellenaron con nombres de algunos que ni siquiera eran socios (ya se asociarían en caso de ganar, como se ha visto, puesto que ni ganaron ni se han asociado). Ante el desproposito y la impugnación a su candidatura (que de facto, les obligaba a retirarla para no hacer mayor el escándalo) al calor del berrinche y en el más puro estilo del anuncio de Escatergoris, se han montado un quiosco clientelar, que se les enfría por semanas. Se llama "Asociación de Estudiantes de Diseño de Madrid".
En fin: stafistas, libreros y yunteros. De momento es suficiente como primera entrega del análisis de fauna y flora. Quizá haya más. Permanezcan atentos...
(de Pseudonimma)
Alguna vez he oído (más en BCN que en MAD) quejarse a los jóvenes de ese "tapón" que suponen los "popes" y que dificulta el acceso al trozo dulce del pastel... pues, ¡ea!; en el análisis, prefiero discrepar (o matizar, cuando menos...).
Los popes son pocos, no más de diez en cada una de esas plazas, y ni siquiera tantos juntando todos los del resto del estado... y tienen su mercado muy vinculado a la firma o diseño de autor, con presencia preferente en la res publica. No, la amenaza no son los popes. Sobretodo porque están perfectamente identificados, son pocos y su actividad tiende a remitir (ley de vida). Y al margen, hay que agradecerles que marcan el listón por la parte alta, en calidad y precio, y eso beneficia a todos. La verdadera amenaza son los aspirantes a pope, una pequeña facción de la "generación intermedia" empeñada en subir al carro de los maestros, así sea a codazos o pisotones si el fregao lo pide en cada caso.
Una no es tan suicida (que yo también vivo de esto...) como para citar nombres, pero nadie ha de molestarse si la descripción viene por las actitudes, y si alguien se pica habrá que buscarle los ajos. Basta con estar atentos.
El stafista. Se le encuentra repetido siempre en los créditos, las fichas técnicas y los stafs. Omnipresente y polifacético donde los haya, suele llevar el nombre de su estudio y firmar con su nombre todo lo que de su casa sale, lo haya hecho quien lo haya hecho. Eso sí, si con los años alguno de sus anónimos tapados decide emprender vuelo en solitario, bien se encargará nuestro stafista de extender la sospecha de traición en el colectivo y enmerdarle la existencia en la medida que pueda.
Muchas veces, tanto le pierde el figurar al stafista que alcanzará el ridículo en extensas fichas técnicas en las que ocupará uno y otro y otro más cargos, algunos incompatibles (recuerdo uno que por error, en la euforia figurante, llegó a ponerse como ayudante de sí mismo...). Es especialmente doloso cuando extiende sus malas artes en los proyectos de paternidad compartida, en los que acabará siempre por parecer que todo lo hace él, o lo que es peor, que los demás son sólo comparsas de su liderazgo y responsabilidad. No hace mucho me sorprendió un caso de manual y estridente: se trataba de una gran exposición en el Reina, en los créditos iba por delante el diseño de catálogo que el diseño de la exposición (que evidentemente, por simple relación de causa-efecto, cuando no por envergadura proyectual, debería figurar en orden inverso). Pero no contento, al llegar al diseño de la exposición, iba también el diseño gráfico (logotipito y cartelas, supongo) por delante del diseño expositivo, con lo que el auténtico diseñador – concretamente Pedro G.R., ese que llaman el Boss, y que por cierto, lo había bordao y para mí es de los esenciales– quedaba casi como becario del stafista.
...el del libro. Este es otro ejemplar que, lejos del peligro de extinción, parece que prolifera. Como reza el dicho: plantar un árbol, montar en globo... y que te hagan un libro. Y no me refiero a esos librillos de "autopromo", objetitos de culto como los que de siempre se edita Pati (que son para la envidia cochina de bien hechos que están) o los de Isidro, no menos de culto y siempre con historia añadida. A los que me refiero es a esos otros en que el boato, la nata y sobretodo la guinda -no olvidar nunca la guinda-, los canapés en la presentación, la inversión y la dificultad gráfica y de manipulado son inmensamente proporcionales al nulo interés de su contenido. Y es entonces, al encontrar otra vez un libro de estos, cuando nos acordamos de todo lo que está sin editarse de los maestros (Huguet, G.Miracle, Diego Lara, Daniel Gil, Pla Narbona...), todo tan esencial e imprescindible, frente a la grandilocuencia con que se edita lo anecdótico. Tengo un par de estos librejos siempre cerca, para que me sirvan de recordación y disuasorio si un día tengo la tentación...
Los niños yunteros. Tomo la denominación prestada, que no es mía, de alguien que la usó en la imprescindible e impagable lista de correo de AEPD (más info: administracion@aepd.es). Supongo que lo de niños es cariñoso, y lo de yunteros se refiere a la condición de pertenencia a la junta directiva de alguna asociación. Vaya por delante mi admiración y respeto por todos los que desinteresadamente, de modo altruista, quitándoselo de su tiempo para la familia o la juerga, se dejan horas y esfuerzos en el cultivo de la flor asociacionista. No es a ellos. Pero hay también otros yunteros, que es a los que me refiero. Por las vías más peregrinas acceden a las juntas e incluso a las presidencias, y una vez instalados, simplemente trepan. Porque estar en una junta directiva da acceso a información antes y mejor, y ahí ya depende de cómo uno decida si la usa y cómo la usa.
Me cuentan la fábula reciente de que un presidente de asociación local entre Galicia y Cantabria, a instancia de los socios protestó formalmente por la manifiestamente desastrosa forma de convocarse un cierto concurso... que quedó desconvocado, siendo asignado el encargo por la vía directa... ¡a ese presidente! (por cierto, que ya lo echaron...).
Y en esta misma línea, habrá que hablar de los yunteros fantasmas: son los yunteros que simplemente hacen abstracción de sus funciones, no asistiendo a las juntas. Alguien dirá que para qué entonces ser yuntero. Pues por la estadística: es sabido que hay una costumbre en los ministerios y determinadas administraciones (es, como decía, pura estadística, no hago juicio de valor) en encargar sus trabajos de diseño a los yunteros. Podría ser que así quieran premiar a quienes desinteresadamente trabajan por el colectivo; hasta tendría su parte de romanticismo mal entendido. Pero también podría ser que el diseño va por un lado y la oficialidad por otro, de tal manera que acaba por crearse un endogámico grupo selecto formado por funcionarios y políticos, periodistas de género, activistas, comisarios y jurados habituales, yunteros y presidentes de asociaciones... y en su incestuoso modo de entender(se) acabaría por resultar que estar en las juntas de las asociaciones es una vía dulce por la que acceder al encargo, a ese determinado tipo de encargo.
No hace mucho dos de estos yunteros quisieron hacerse por la tremenda con la asociación de más representación fuera de Catalunya. Ni cortos ni perezosos, montaron una candidatura, que rellenaron con nombres de algunos que ni siquiera eran socios (ya se asociarían en caso de ganar, como se ha visto, puesto que ni ganaron ni se han asociado). Ante el desproposito y la impugnación a su candidatura (que de facto, les obligaba a retirarla para no hacer mayor el escándalo) al calor del berrinche y en el más puro estilo del anuncio de Escatergoris, se han montado un quiosco clientelar, que se les enfría por semanas. Se llama "Asociación de Estudiantes de Diseño de Madrid".
En fin: stafistas, libreros y yunteros. De momento es suficiente como primera entrega del análisis de fauna y flora. Quizá haya más. Permanezcan atentos...
(de Pseudonimma)
1.2.04
los Príncipe Felipe
El Ministerio de Industria, Turismo y Comercio ha concedido los Premios Príncipe Felipe a la Excelencia Empresarial. Estos Premios que se entregan en nueve categorías (aunque la de energías renovables y eficiencia energética quedó desierta) incluyen entre ellas una, la que nos ocupa, la de Diseño.
Este Premio tiene varias ventajas. Por un lado, su convocatoria nos da (aún más, si cabe) la razón a quienes venimos defendiendo que hay que replantearse la idoneidad del premio nacional de diseño a una empresa. Más que nada por aquello de la redundancia. Si a ello se le añade que unos (los Principe Felipe) y otros (los Nacionales de Diseño) serán convocados en sus próxima edición por el mismo ministerio y posiblemente dependan de la misma secretaría e incluso puede que del mismo departamento (o al menos hay que esperar que el papel del Ddi vaya a ser fundamental en ambos), cabe la posibilidad de que a alguien se le encienda la bombilla de la sensatez y se plantee que existiendo uno no tiene sentido el otro.
Por otra parte, el hecho de que sean honoríficos ahonda también en la idea de que este tipo de premios a empresas deben serlo así, mientras que los que se conceden a profesionales, ya sean bailarines, acróbatas, poetas o cocineros, todos –hasta los cuarentaitrés que hay– se acompañan de una dotación económica; a excepción, por motivos que siguen sin ser explicados, del que se otorga a los diseñadores (“...esos premios que tienen dotación sólo para sí mismos”, que dijera Juli Capella).
Pero si saco a colación esto es porque este año se ha hecho un paréntesis para que el Premio de Diseño a la excelencia empresarial (que por inercia se suelen llevar fabricantes de producto, lo mismito que sucede en el nacional) se le diera a una empresa vinculada no sólo al diseño industrial sino también al gráfico, en el entendido que la señalización y la implementación de identidad visual conforman el espacio confluente de ambas disciplinas. Así, la magnífica noticia de que el Premio Principe de Asturias a la Excelencia Empresarial, en el apartado de Diseño, ha sido este año para SIGNES, más allá de la satisfacción que a algunos nos produce, se manifiesta como el reconocimiento a un modo de entender la cultura del diseño muy por encima del metro cuadrado o lineal de perfiles, luminosos o lonas. O lo que es lo mismo, se incide de un modo directo en destacar que la eficacia empresarial no siempre es sólo producción, facturación y resultados, sino que puede también ser cuando menos compatible con el compromiso, la cultura, el fomento de iniciativas propias y el respaldo a las ajenas en una actitud militante de defensa de la actividad del diseño. En el caso que nos ocupa, además, ello se hace de un modo especialmente enérgico con todo aquello que tenga que ver con el apoyo a los futuros diseñadores y la presencia del diseño como inquietante de la inteligencia en nuestra sociedad. Así, el reconocimiento es la consecuencia lógica de un modo de hacer distinto, mejor. Y para no poner ni quitar, como sucede a veces lo mejor de estos premios es la justificación redactada del Jurado, a saber: “por su significativo aporte creativo y la calidad de sus productos y servicios ofrecidos en su dilatada y singular trayectoria; porque han convertido su empresa en una herramienta fundamental para la eficiente evolución del diseño gráfico en el mercado y por su permanente, generoso y valiente apoyo a las nuevas generaciones de diseñadores”.
Alguien se preguntará cómo es posible que le haya de llegar a SIGNES de la mano de los genéricos Príncipe de Asturias en lugar del específico, que sería el Premio Nacional de Diseño; efectivamente, la cicatería y entreguismo de uno de los organizadores (el BCD) y las prácticas fraudulentas del otro (Ministerio) han desvirtuado los premios nacionales hasta ese extremo. Hoy, para SIGNES, a la coherencia de ni siquiera entrar en la oscura terna año tras año renunciando así de antemano a la posibilidad del Premio, se le suma el que sea otro Jurado, otro Premio, otro Ministerio el que le dé la razón.
Y ya que hablamos de Premios, se han convocado con retraso evidente los Nacionales de Diseño. Finalmente, y por la cosa de las partidas presupuestarias esta edición se convoca desde el ministerio de educación y ciencia (anda que no chirría...) aunque con toda la carga de provisionalidad, a la espera de su traslado en la siguiente convocatoria al de Industria, y más concretamente en el feudo del Ddi. Siendo así, por aquello de que la eventualidad es también un eximente, habrá que ser comedidos en la crítica, y bien estará que sirva de transición entre las trampas flagrantes de la edición anterior (con la connivencia del BCD, que ahí siguen los mismos sin dar explicación alguna, que al menos los politiquillos implicados han llevado en el castigo la penitencia, y son ya historia por el trueque de poder), y el renovado Premio que nos cabe esperar a los ilusos cuando recale en forma y fondo en una entidad tan libre de sospecha como lo es el Ddi .
Pero algo debiéramos aprender de una vez: indefectiblemente, cuando surgen voces discordantes o críticas (recuérdese, desde aquella recogida de firmas en apoyo a Daniel Gil hasta el Talgo como animal de compañía del pasado año) el BCD convoca a las asociaciones y plataformas varias a reuniones para que se redacten propuestas y sugerencias... e indefectiblemente a estas reuniones nunca asiste representante alguno del ministerio, siendo precisamente el organizador consorte quien hace las veces de tamiz e intérprete (y algunos pensamos que de censor también)... es la famosa estrategia del cortafuegos, y que año tras año, escándalo tras escándalo, tan buenos resultados les está reportando. Pero esto no puede durar eternamente, si el Ddi quiere de verdad darle la vuelta a estos Premios deberá dejar de lado esa interlocución, que ya no resulta creíble, arremangarse y bajar a la arena del debate constructivo.
(de Pseudonimma)
El Ministerio de Industria, Turismo y Comercio ha concedido los Premios Príncipe Felipe a la Excelencia Empresarial. Estos Premios que se entregan en nueve categorías (aunque la de energías renovables y eficiencia energética quedó desierta) incluyen entre ellas una, la que nos ocupa, la de Diseño.
Este Premio tiene varias ventajas. Por un lado, su convocatoria nos da (aún más, si cabe) la razón a quienes venimos defendiendo que hay que replantearse la idoneidad del premio nacional de diseño a una empresa. Más que nada por aquello de la redundancia. Si a ello se le añade que unos (los Principe Felipe) y otros (los Nacionales de Diseño) serán convocados en sus próxima edición por el mismo ministerio y posiblemente dependan de la misma secretaría e incluso puede que del mismo departamento (o al menos hay que esperar que el papel del Ddi vaya a ser fundamental en ambos), cabe la posibilidad de que a alguien se le encienda la bombilla de la sensatez y se plantee que existiendo uno no tiene sentido el otro.
Por otra parte, el hecho de que sean honoríficos ahonda también en la idea de que este tipo de premios a empresas deben serlo así, mientras que los que se conceden a profesionales, ya sean bailarines, acróbatas, poetas o cocineros, todos –hasta los cuarentaitrés que hay– se acompañan de una dotación económica; a excepción, por motivos que siguen sin ser explicados, del que se otorga a los diseñadores (“...esos premios que tienen dotación sólo para sí mismos”, que dijera Juli Capella).
Pero si saco a colación esto es porque este año se ha hecho un paréntesis para que el Premio de Diseño a la excelencia empresarial (que por inercia se suelen llevar fabricantes de producto, lo mismito que sucede en el nacional) se le diera a una empresa vinculada no sólo al diseño industrial sino también al gráfico, en el entendido que la señalización y la implementación de identidad visual conforman el espacio confluente de ambas disciplinas. Así, la magnífica noticia de que el Premio Principe de Asturias a la Excelencia Empresarial, en el apartado de Diseño, ha sido este año para SIGNES, más allá de la satisfacción que a algunos nos produce, se manifiesta como el reconocimiento a un modo de entender la cultura del diseño muy por encima del metro cuadrado o lineal de perfiles, luminosos o lonas. O lo que es lo mismo, se incide de un modo directo en destacar que la eficacia empresarial no siempre es sólo producción, facturación y resultados, sino que puede también ser cuando menos compatible con el compromiso, la cultura, el fomento de iniciativas propias y el respaldo a las ajenas en una actitud militante de defensa de la actividad del diseño. En el caso que nos ocupa, además, ello se hace de un modo especialmente enérgico con todo aquello que tenga que ver con el apoyo a los futuros diseñadores y la presencia del diseño como inquietante de la inteligencia en nuestra sociedad. Así, el reconocimiento es la consecuencia lógica de un modo de hacer distinto, mejor. Y para no poner ni quitar, como sucede a veces lo mejor de estos premios es la justificación redactada del Jurado, a saber: “por su significativo aporte creativo y la calidad de sus productos y servicios ofrecidos en su dilatada y singular trayectoria; porque han convertido su empresa en una herramienta fundamental para la eficiente evolución del diseño gráfico en el mercado y por su permanente, generoso y valiente apoyo a las nuevas generaciones de diseñadores”.
Alguien se preguntará cómo es posible que le haya de llegar a SIGNES de la mano de los genéricos Príncipe de Asturias en lugar del específico, que sería el Premio Nacional de Diseño; efectivamente, la cicatería y entreguismo de uno de los organizadores (el BCD) y las prácticas fraudulentas del otro (Ministerio) han desvirtuado los premios nacionales hasta ese extremo. Hoy, para SIGNES, a la coherencia de ni siquiera entrar en la oscura terna año tras año renunciando así de antemano a la posibilidad del Premio, se le suma el que sea otro Jurado, otro Premio, otro Ministerio el que le dé la razón.
Y ya que hablamos de Premios, se han convocado con retraso evidente los Nacionales de Diseño. Finalmente, y por la cosa de las partidas presupuestarias esta edición se convoca desde el ministerio de educación y ciencia (anda que no chirría...) aunque con toda la carga de provisionalidad, a la espera de su traslado en la siguiente convocatoria al de Industria, y más concretamente en el feudo del Ddi. Siendo así, por aquello de que la eventualidad es también un eximente, habrá que ser comedidos en la crítica, y bien estará que sirva de transición entre las trampas flagrantes de la edición anterior (con la connivencia del BCD, que ahí siguen los mismos sin dar explicación alguna, que al menos los politiquillos implicados han llevado en el castigo la penitencia, y son ya historia por el trueque de poder), y el renovado Premio que nos cabe esperar a los ilusos cuando recale en forma y fondo en una entidad tan libre de sospecha como lo es el Ddi .
Pero algo debiéramos aprender de una vez: indefectiblemente, cuando surgen voces discordantes o críticas (recuérdese, desde aquella recogida de firmas en apoyo a Daniel Gil hasta el Talgo como animal de compañía del pasado año) el BCD convoca a las asociaciones y plataformas varias a reuniones para que se redacten propuestas y sugerencias... e indefectiblemente a estas reuniones nunca asiste representante alguno del ministerio, siendo precisamente el organizador consorte quien hace las veces de tamiz e intérprete (y algunos pensamos que de censor también)... es la famosa estrategia del cortafuegos, y que año tras año, escándalo tras escándalo, tan buenos resultados les está reportando. Pero esto no puede durar eternamente, si el Ddi quiere de verdad darle la vuelta a estos Premios deberá dejar de lado esa interlocución, que ya no resulta creíble, arremangarse y bajar a la arena del debate constructivo.
(de Pseudonimma)
30.1.04
Premio nacional plus
Para la inmensa de los mortales, este año sólo ha habido un premio nacional, y lo ha ganado el canalplus. En primer lugar, porque todas o casi todas las televisiones a excepción de la premiada, y al menos dos diarios de tirada estatal, han obviado cualquier referencia al fallo de un premio nacional que se le otorgaba a “la competencia”. Por contra, canalplus ha “rentabilizado” el hecho, están en su derecho, salpicando durante semanas su programación con una cortinilla de continuidad en la que sacaban pecho y la imagen gráfica de Mariscal, él sabrá si con su consentimiento; aunque obviamente, no mencionaban que ese premio les cae repartido a pachas con Talgo (que alguien me lo explique, que alguien me lo explique...) y que además, o habría que decir sobretodo, el premio nacional de diseño curiosamente se entrega, también a un diseñador (Toni Arola, enhorabuena). Aunque a éste de taparle y callarle la boca ya se encargarán los organizantes, no vaya a ser que le dé por hablar del diseño como elemento cultural y para el bienestar de las personas, y le quite protagonismo a la excelencia y competitividad y herramienta paralaexportaciónynosigáis poresecaminoquevamosatenerundisgusto quellevamosmuchotiempodiciendolohayquejoerse. Ea.
Con esas cortinillas (insisto, en su derecho están, aunque resulte enojoso y equívoco) han conseguido que para los afueras de esta profesión el premio nacional de diseño, que no se sabía ni que existía, ahora “es uno que se lo dan a una empresa y resulta que esta vez se lo han dado al plus; y fíjate que curioso, que todos pensando que eran una televisión, y ahora en lo que les dan un premio nacional es como diseñadores”.
Porque esa es la gran falacia, y no soy la primera en decirlo: lo del premio nacional de diseño a la empresa es como si le dieran a Planeta el nacional de literatura, a Kodak el de fotografía o a Movierecord el de cine. Por supuesto, hay aparte unos premios nacionales a las empresas (los premios Principe Felipe a la excelencia empresarial, que otorgan este mismo nuestro ministerio de cytología y el de economía, y en el que hay específica una categoría a la excelencia empresarial en el diseño, lo que además supone redundancia).
Tenemos lo que nos merecemos. Cuando nacieron los premios nacionales y empezaron a darse, apenas nadie protestó porque a las dos categorías de profesionales, industrial y gráfico, se añadiera, casi como una concesión, una tercera a la empresa. A pesar de que ese y no otro era el argumento que Mai Felip (está en las hemerotecas, gracias, Pierluiggi, por dejarlo por escrito y publicado) utilizó durante años para ni siquiera “imaginar” el tema de la dotación. Que también por escrito se lo tengo leído a un activista: “estos premios que no tienen dotación sino para sí mismos...”.
Lo malo fue que, por no atajarlo a tiempo, de dos premios al profesional y uno a la empresa hemos caído en la contraria, y de aquel perfil de empresa que a todos nos parecía el menos malo (quién iba a cuestionar un premio a Vinçon, a Camper, a Amat3, a Signes... huy, perdón, en que estaría pensando: a Signes, no), hemos derivado en lo de este año, pasando en la edición anterior por el intermedio de la de exportar bidés. Y lo que para nuestra desgracia es peor: a los organizadores les parece un adelanto que no se cansan de repetir con euforia el que se rompa esa barrera de las empresas más vinculadas al diseño y su cultura para que le llegue a quienquiera que fabrique pendulares (que alguien me lo explique, que alguien me lo explique...) o a una tele que ha sido exquisita y coherente en su imagen durante toda su existencia, pero solo eso (felicidades Pep Sempere, dondequiera que estés ahora, que no te encuentro: tú eres el auténtico merecedor de ese premio, aunque no te sacarán en la foto).
Y a vueltas como cada año, el penoso espectáculo de estos premios que habrían de ser para la proyección pero que no nos los creemos ya ni nosotros, hace que nos olvidemos siempre de quien es el premiado. En este caso tocaba industrial porque lo de dos premios pasó a la historia, y merecidamente es para Toni Arola, a quien no tengo el gusto pero que le conozco pinceladas de genialidad y registros rigurosos. Y es además, un industrial muy gráfico, que tiene en su haber el acierto de compartir y colaborar en proyectos mixtos con grafistas, con resultados excelentes. Y al respecto, tomo como propia la afirmación que tantas veces he oído al esencial Pedro G.-R: “que los premios nacionales sean un despropósito no quita para que reconozcamos que los profesionales que lo han recibido, lo merecían sobradamente, todos y cada uno de ellos”.
(de Pseudonimma)
Para la inmensa de los mortales, este año sólo ha habido un premio nacional, y lo ha ganado el canalplus. En primer lugar, porque todas o casi todas las televisiones a excepción de la premiada, y al menos dos diarios de tirada estatal, han obviado cualquier referencia al fallo de un premio nacional que se le otorgaba a “la competencia”. Por contra, canalplus ha “rentabilizado” el hecho, están en su derecho, salpicando durante semanas su programación con una cortinilla de continuidad en la que sacaban pecho y la imagen gráfica de Mariscal, él sabrá si con su consentimiento; aunque obviamente, no mencionaban que ese premio les cae repartido a pachas con Talgo (que alguien me lo explique, que alguien me lo explique...) y que además, o habría que decir sobretodo, el premio nacional de diseño curiosamente se entrega, también a un diseñador (Toni Arola, enhorabuena). Aunque a éste de taparle y callarle la boca ya se encargarán los organizantes, no vaya a ser que le dé por hablar del diseño como elemento cultural y para el bienestar de las personas, y le quite protagonismo a la excelencia y competitividad y herramienta paralaexportaciónynosigáis poresecaminoquevamosatenerundisgusto quellevamosmuchotiempodiciendolohayquejoerse. Ea.
Con esas cortinillas (insisto, en su derecho están, aunque resulte enojoso y equívoco) han conseguido que para los afueras de esta profesión el premio nacional de diseño, que no se sabía ni que existía, ahora “es uno que se lo dan a una empresa y resulta que esta vez se lo han dado al plus; y fíjate que curioso, que todos pensando que eran una televisión, y ahora en lo que les dan un premio nacional es como diseñadores”.
Porque esa es la gran falacia, y no soy la primera en decirlo: lo del premio nacional de diseño a la empresa es como si le dieran a Planeta el nacional de literatura, a Kodak el de fotografía o a Movierecord el de cine. Por supuesto, hay aparte unos premios nacionales a las empresas (los premios Principe Felipe a la excelencia empresarial, que otorgan este mismo nuestro ministerio de cytología y el de economía, y en el que hay específica una categoría a la excelencia empresarial en el diseño, lo que además supone redundancia).
Tenemos lo que nos merecemos. Cuando nacieron los premios nacionales y empezaron a darse, apenas nadie protestó porque a las dos categorías de profesionales, industrial y gráfico, se añadiera, casi como una concesión, una tercera a la empresa. A pesar de que ese y no otro era el argumento que Mai Felip (está en las hemerotecas, gracias, Pierluiggi, por dejarlo por escrito y publicado) utilizó durante años para ni siquiera “imaginar” el tema de la dotación. Que también por escrito se lo tengo leído a un activista: “estos premios que no tienen dotación sino para sí mismos...”.
Lo malo fue que, por no atajarlo a tiempo, de dos premios al profesional y uno a la empresa hemos caído en la contraria, y de aquel perfil de empresa que a todos nos parecía el menos malo (quién iba a cuestionar un premio a Vinçon, a Camper, a Amat3, a Signes... huy, perdón, en que estaría pensando: a Signes, no), hemos derivado en lo de este año, pasando en la edición anterior por el intermedio de la de exportar bidés. Y lo que para nuestra desgracia es peor: a los organizadores les parece un adelanto que no se cansan de repetir con euforia el que se rompa esa barrera de las empresas más vinculadas al diseño y su cultura para que le llegue a quienquiera que fabrique pendulares (que alguien me lo explique, que alguien me lo explique...) o a una tele que ha sido exquisita y coherente en su imagen durante toda su existencia, pero solo eso (felicidades Pep Sempere, dondequiera que estés ahora, que no te encuentro: tú eres el auténtico merecedor de ese premio, aunque no te sacarán en la foto).
Y a vueltas como cada año, el penoso espectáculo de estos premios que habrían de ser para la proyección pero que no nos los creemos ya ni nosotros, hace que nos olvidemos siempre de quien es el premiado. En este caso tocaba industrial porque lo de dos premios pasó a la historia, y merecidamente es para Toni Arola, a quien no tengo el gusto pero que le conozco pinceladas de genialidad y registros rigurosos. Y es además, un industrial muy gráfico, que tiene en su haber el acierto de compartir y colaborar en proyectos mixtos con grafistas, con resultados excelentes. Y al respecto, tomo como propia la afirmación que tantas veces he oído al esencial Pedro G.-R: “que los premios nacionales sean un despropósito no quita para que reconozcamos que los profesionales que lo han recibido, lo merecían sobradamente, todos y cada uno de ellos”.
(de Pseudonimma)
20.12.03
El colegio de diseñadores
Anda el río revuelto con el asunto del Colegio de Diseñadores que se constituirá en Catalunya. Y es que parece que los diseñadores siempre llegamos los últimos a todas partes. Cuando la estructura colegial de las profesiones está abiertamente en crisis, incluso en aquellas que acumulan años y tradición en el asunto –arquitectos, médicos, abogados...– y se ve superada por la realidad misma, por las normativas europeas en lo que se refiere a la libre circulación de las personas y su ejercicio profesional, y por un modelo de sociedad que arrincona cada vez más los corporativismos gremiales, resulta que los diseñadores gráficos nos vamos a encontrar con unos colegios que ni hemos echado de menos, ni hemos pedido de manera consensuada, ni maldita la falta que nos hace.
Pero llegados a este punto, a mí, la verdad, me parece que el tema bien encauzado no debería traer consigo tanto revuelo ni polémica. Desde fuera, desde muy fuera, una tiene la sensación de que esto no es sino el final de viejas rencillas que parecían olvidadas, y que ahora despiertan de pronto con toda su magnitud. Y esto sucede seguramente porque el tema del colegio, en abstracto, es más para la divagación y la tertulia, pero cuando se convierte en algo concreto, en éste colegio, todo cambia de cariz. Y es que el colegio es, básicamente, poder. A diferencia de las asociaciones, que mantienen su lucha por ganarse el aprecio y la adscripción de unos profesionales que en su mayoría deciden invertir en otras partidas la miseria que supone una cuota, la pertenencia al colegio es por la vía del “trágala”, que suele resultar mucho más gratificante para quienes manejan el cotarro. Por otra parte, si las asociaciones deben luchar por repartirse una cuota de mercado, el colegio no tiene, porque así lo dice la ley, posibilidad de que nadie le compita. Con estas premisas, no será de extrañar que a partir de ahora los movimientos y requiebros de la política interna del diseño dejen en un juego de niños el asunto del arbitraje en el Mundial, por poner un ejemplo de actualidad.
La historia viene de muy atrás, hace más de veinte años, cuando un puñado de diseñadores deciden solicitar la creación del colegio. Han sido veinte años de lucha en solitario, y digo en solitario porque se les ha hecho menos caso que a Villar en la FIFA. Pero inasequibles al desaliento han seguido en lo suyo, a muchos cuerpos de distancia de la adegé, que ha sido la asociación “por defecto”, y que a nadie escapa que nunca fueron capaces de acercársele, ni por la cantidad de socios, ni por la relevancia de los nombres, ni por la repercusión de las actividades –permítaseme, al lado de los Premios Laus y del Fórum Laus, lo demás que se hace en Barcelona en materia de diseño gráfico desde las asociaciones es un esperpento–.
Y de golpe, por un estrambote legal, parece que se va a dar la vuelta a las tornas, y que el mango de la sartén va a tener ahora un nuevo dueño claro.
El asunto es finísimo: ¿cómo convencerán las asociaciones a sus miembros de que, abocados a la necesaria colegiación, mantengan sus fichas de asociados en lo que ahora es duplicidad de servicios? me recuerda a lo que sucede con la seguridad social y las sanitarias privadas. Éstas últimas podrán ser más baratas y mejores, pero la otra es de obligado cumplimiento. El colegio asumirá en exclusiva muchas de las funciones que hasta ahora han venido realizando las asociaciones (peritajes, relaciones con la administración, interlocuciones varias, respaldo y supervisión a las iniciativas de promoción del diseño, etc); mucho me temo que les van a quedar pocas más atribuciones de las que tendría un club social. Y no sé si con ello se va a justificar su existencia, ni si van a ser capaces de argumentar el pago de las cuotas a sus asociados.
Y en éstas, según me cuentan, parece que el Códig no está muy por la labor de compartir la bicoca que le ha caído por la gracia de los políticos. La postura es más bien la contraria: aquí ahora son ellos los que cortan el bacalao, y parece que van a hacerlo sin encomendarse a nadie y sin dar explicaciones. O al menos esa es la sensación que da.
Llama la atención también el mutismo de las escuelas, que pueden ser las principales afectadas, en la medida en que se parte de la premisa errónea de que las nuevas estructuras para la enseñanza del diseño son ya una realidad. Y eso dista mucho de ser cierto. Aunque su silencio también podría entenderse como un elemento a la defensiva, pues no están en condiciones de permitirse que sus alumnos, y los padres de esos alumnos, vivan de cerca una polémica que cuestiona la utilidad misma de seguir estudiando diseño.
Y en todo esto, empiezan a sentirse los primeros movimientos de las asociaciones en el resto del estado. Si hasta ahora nadie había sentido la necesidad, la existencia de un colegio de ambito autonómico puede abocar en la aparición en cadena de todos los demás. Nada sucede si no existen colegios, pero habiendo uno se hacen imprescindibles los demás. O sea, que se dará la paradoja de que los colectivos de diseñadores que nunca han querido tener colegio ni han hecho nada por tenerlo, tengan ahora que salir corriendo a pedir el suyo. Grotesco.
La anécdota
Es la anécdota, y como tal debe tomarse. Les contaré que cuando con mi amigo Google me puse a buscar documentación sobre este tema, había poca. Pero nos topamos que una web que nos llamó la atención:
www.pnlnet.com/colaboradores/a/2755 .
Es el curriculum de Pilar Y. Nada tendría de extraordinario, si no fuera porque entre sus méritos figura el de formadora en el Colegio Oficial de Diseñadores Gráficos de Catalunya. Es sabido que en los currículos, como en el sexo, todo el mundo miente. Pero debería alguien darle un toque, no sea que los malpensados crean que sin estar constituido el Colegio ya se están repartiendo las prebendas.
Anda el río revuelto con el asunto del Colegio de Diseñadores que se constituirá en Catalunya. Y es que parece que los diseñadores siempre llegamos los últimos a todas partes. Cuando la estructura colegial de las profesiones está abiertamente en crisis, incluso en aquellas que acumulan años y tradición en el asunto –arquitectos, médicos, abogados...– y se ve superada por la realidad misma, por las normativas europeas en lo que se refiere a la libre circulación de las personas y su ejercicio profesional, y por un modelo de sociedad que arrincona cada vez más los corporativismos gremiales, resulta que los diseñadores gráficos nos vamos a encontrar con unos colegios que ni hemos echado de menos, ni hemos pedido de manera consensuada, ni maldita la falta que nos hace.
Pero llegados a este punto, a mí, la verdad, me parece que el tema bien encauzado no debería traer consigo tanto revuelo ni polémica. Desde fuera, desde muy fuera, una tiene la sensación de que esto no es sino el final de viejas rencillas que parecían olvidadas, y que ahora despiertan de pronto con toda su magnitud. Y esto sucede seguramente porque el tema del colegio, en abstracto, es más para la divagación y la tertulia, pero cuando se convierte en algo concreto, en éste colegio, todo cambia de cariz. Y es que el colegio es, básicamente, poder. A diferencia de las asociaciones, que mantienen su lucha por ganarse el aprecio y la adscripción de unos profesionales que en su mayoría deciden invertir en otras partidas la miseria que supone una cuota, la pertenencia al colegio es por la vía del “trágala”, que suele resultar mucho más gratificante para quienes manejan el cotarro. Por otra parte, si las asociaciones deben luchar por repartirse una cuota de mercado, el colegio no tiene, porque así lo dice la ley, posibilidad de que nadie le compita. Con estas premisas, no será de extrañar que a partir de ahora los movimientos y requiebros de la política interna del diseño dejen en un juego de niños el asunto del arbitraje en el Mundial, por poner un ejemplo de actualidad.
La historia viene de muy atrás, hace más de veinte años, cuando un puñado de diseñadores deciden solicitar la creación del colegio. Han sido veinte años de lucha en solitario, y digo en solitario porque se les ha hecho menos caso que a Villar en la FIFA. Pero inasequibles al desaliento han seguido en lo suyo, a muchos cuerpos de distancia de la adegé, que ha sido la asociación “por defecto”, y que a nadie escapa que nunca fueron capaces de acercársele, ni por la cantidad de socios, ni por la relevancia de los nombres, ni por la repercusión de las actividades –permítaseme, al lado de los Premios Laus y del Fórum Laus, lo demás que se hace en Barcelona en materia de diseño gráfico desde las asociaciones es un esperpento–.
Y de golpe, por un estrambote legal, parece que se va a dar la vuelta a las tornas, y que el mango de la sartén va a tener ahora un nuevo dueño claro.
El asunto es finísimo: ¿cómo convencerán las asociaciones a sus miembros de que, abocados a la necesaria colegiación, mantengan sus fichas de asociados en lo que ahora es duplicidad de servicios? me recuerda a lo que sucede con la seguridad social y las sanitarias privadas. Éstas últimas podrán ser más baratas y mejores, pero la otra es de obligado cumplimiento. El colegio asumirá en exclusiva muchas de las funciones que hasta ahora han venido realizando las asociaciones (peritajes, relaciones con la administración, interlocuciones varias, respaldo y supervisión a las iniciativas de promoción del diseño, etc); mucho me temo que les van a quedar pocas más atribuciones de las que tendría un club social. Y no sé si con ello se va a justificar su existencia, ni si van a ser capaces de argumentar el pago de las cuotas a sus asociados.
Y en éstas, según me cuentan, parece que el Códig no está muy por la labor de compartir la bicoca que le ha caído por la gracia de los políticos. La postura es más bien la contraria: aquí ahora son ellos los que cortan el bacalao, y parece que van a hacerlo sin encomendarse a nadie y sin dar explicaciones. O al menos esa es la sensación que da.
Llama la atención también el mutismo de las escuelas, que pueden ser las principales afectadas, en la medida en que se parte de la premisa errónea de que las nuevas estructuras para la enseñanza del diseño son ya una realidad. Y eso dista mucho de ser cierto. Aunque su silencio también podría entenderse como un elemento a la defensiva, pues no están en condiciones de permitirse que sus alumnos, y los padres de esos alumnos, vivan de cerca una polémica que cuestiona la utilidad misma de seguir estudiando diseño.
Y en todo esto, empiezan a sentirse los primeros movimientos de las asociaciones en el resto del estado. Si hasta ahora nadie había sentido la necesidad, la existencia de un colegio de ambito autonómico puede abocar en la aparición en cadena de todos los demás. Nada sucede si no existen colegios, pero habiendo uno se hacen imprescindibles los demás. O sea, que se dará la paradoja de que los colectivos de diseñadores que nunca han querido tener colegio ni han hecho nada por tenerlo, tengan ahora que salir corriendo a pedir el suyo. Grotesco.
La anécdota
Es la anécdota, y como tal debe tomarse. Les contaré que cuando con mi amigo Google me puse a buscar documentación sobre este tema, había poca. Pero nos topamos que una web que nos llamó la atención:
www.pnlnet.com/colaboradores/a/2755 .
Es el curriculum de Pilar Y. Nada tendría de extraordinario, si no fuera porque entre sus méritos figura el de formadora en el Colegio Oficial de Diseñadores Gráficos de Catalunya. Es sabido que en los currículos, como en el sexo, todo el mundo miente. Pero debería alguien darle un toque, no sea que los malpensados crean que sin estar constituido el Colegio ya se están repartiendo las prebendas.
8.4.03
El vasallo y el rey
Hoy estuve en Zaragoza. Le daban el Premio nacional de Diseño a Isidro Ferrer. En el protocolo rancio, sólo uno de los premiados tenía que hablar. Y lógicamente los organizadores no habían decidido que fuera él. Cuando el rey dijo aquello de "queda clausurado este acto", Isidro, valiente, se dirigió al rey:
-Majestad, antes de que se vaya me gustaría leer un poema.
Y casi sin esperar respuesta, en el desconcierto, se acercó al atril y dedicó el premio a su madre para a continuación recitar aquel de Gloria Fuertes que acaba:
...Hay que decir lo que hay que decir
pronto,
de pronto,
visceral
del tronco;
con las menos palabras posibles
que sean posibles los imposibles.
Hay que hablar poco y decir mucho
hay que hacer mucho y que nos parezca
poco:
Arrancar el gatillo a las armas,
por ejemplo.
No le tembló un ápice la voz, quizá las piernas, pero quedaban ocultas y no lo pude ver.
El cómico que un día decidió ser diseñador, nos tenía guardada a todos su mejor función. Hemos escuchado de pie. Hemos oído el silencio en las pausas, porque hasta las pausas hizo, y era atronador.
Al acabar, hemos aplaudido. Y ese rey que había también aplaudió. Estoy seguro de que ese rey aplaudía a Gloria Fuertes. Casi seguro de que a Isidro también. Pero quiero pensar que, también, aplaudía a la paz.
Mientras ese rey aplaudía al cómico que un día decidió ser diseñador, a su lado, un ministro apretaba los puños y miraba al suelo. Y se iba haciendo pequeño, pequeño, más pequeño...
Gracias, Isidro.
(Recogido de una lista de correo).
--------------------
He querido apropiarme de este texto porque no sabría expresarlo mejor. Esta vez sí, los Premios Nacionales de Diseño estuvieron en todos los informativos. Seguramente, la noticia no era para ellos que unos pocos se levantaran durante un discurso de un ministro y mostraran pancartas –incluso aunque uno fuera Mariscal, como apostillaba más de un periódico–. Tampoco que alguien leyera un poema en favor de la paz, aunque fuera delante del rey. La noticia estaba, sin duda, en los aplausos del rey. Y esa es la deuda con Isidro: haber provocado esa noticia.
Para nosotros, los que nos dedicamos al diseño, el Premio Nacional que se le da a un diseñador cada año es importante. Para quienes lo organizan, es sólo la cohartada intelectual para dar uno a la empresa, que es el que de verdad les importa (¿hemos exportado muchos más bidés, señor Roca?). Y con ello, sólo consiguen que los telediarios minimicen la información: un premio nacional a un intelectual (filósofo, investigador, escritor, que más da) sí es noticia. Pero un premio a una empresa es publicidad. Porque en los telediarios cuesta mucho citar marcas, porque parece publicidad, y eso, sin pasar por taquilla, está mal visto en la televisión.
Con ello, los premios nacionales de diseño tienen siempre poca repercusión en los medios. Esta vez, sin embargo, hubo noticia. Cuando alguien decidió que Isidro no hablaría en el acto (cuestiones de protocolo, sólo puede hablar uno de los premiados, y estaba claro que no iba a ser él) poco podía imaginar en su miopía que en realidad lo que estaba era facilitando que el diseño se convirtiera en noticia. Porque si las palabras de Isidro hubieran estado dentro del protocolo, su efecto hubiera sido mucho menos relevante. Como lo hubieran sido si hubiera habido el más mínimo rasgo de agresividad o irreverencia. Sólo el diseñador cómico podía combinar una estrategia tan bien diseñada y tan bien interpretada. Isidro sabía que necesitaba ganarse la complicidad del rey. Y supo hacerlo. Aunque en su fuero interno, desde el estómago, seguro que hubiera preferido ser más radical. Pero no era eso lo que tocaba, de lo que se trataba era de ser contundente.
Muchos diseñadores considerarían el Premio Nacional como el punto máximo al que pueden aspirar en su carrera. Para Isidro ha sido sólo la oportunidad de hacer algo importante y mejor, no como profesional (ahí ya nos lo tiene demostrado todo), sino como ser humano.
Hemos hecho postales, carteles, pegatinas, fondos de escritorio, hemos querido poner nuestra habilidad profesional al servicio de una causa esencial y justa. Isidro, en cambio, nos ha descubierto que esta es una causa de los seres humanos.
Y quiero acabar citando otro email, éste de mi amigo Alejandro Morcillo:
"Sólo desde la emoción, la sensibilidad y el respeto se puede tener la valentía de hacer lo que Isidro hizo ayer. Seguramente alguno más encumbrado se hubiera estado quietecito sin decir nada, protegiendo su futuro. Cosa que a Isidro no le ha importado y ha actuado desde la honestidad. BRAVO!"
(de Pseudonimma)
Hoy estuve en Zaragoza. Le daban el Premio nacional de Diseño a Isidro Ferrer. En el protocolo rancio, sólo uno de los premiados tenía que hablar. Y lógicamente los organizadores no habían decidido que fuera él. Cuando el rey dijo aquello de "queda clausurado este acto", Isidro, valiente, se dirigió al rey:
-Majestad, antes de que se vaya me gustaría leer un poema.
Y casi sin esperar respuesta, en el desconcierto, se acercó al atril y dedicó el premio a su madre para a continuación recitar aquel de Gloria Fuertes que acaba:
...Hay que decir lo que hay que decir
pronto,
de pronto,
visceral
del tronco;
con las menos palabras posibles
que sean posibles los imposibles.
Hay que hablar poco y decir mucho
hay que hacer mucho y que nos parezca
poco:
Arrancar el gatillo a las armas,
por ejemplo.
No le tembló un ápice la voz, quizá las piernas, pero quedaban ocultas y no lo pude ver.
El cómico que un día decidió ser diseñador, nos tenía guardada a todos su mejor función. Hemos escuchado de pie. Hemos oído el silencio en las pausas, porque hasta las pausas hizo, y era atronador.
Al acabar, hemos aplaudido. Y ese rey que había también aplaudió. Estoy seguro de que ese rey aplaudía a Gloria Fuertes. Casi seguro de que a Isidro también. Pero quiero pensar que, también, aplaudía a la paz.
Mientras ese rey aplaudía al cómico que un día decidió ser diseñador, a su lado, un ministro apretaba los puños y miraba al suelo. Y se iba haciendo pequeño, pequeño, más pequeño...
Gracias, Isidro.
(Recogido de una lista de correo).
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He querido apropiarme de este texto porque no sabría expresarlo mejor. Esta vez sí, los Premios Nacionales de Diseño estuvieron en todos los informativos. Seguramente, la noticia no era para ellos que unos pocos se levantaran durante un discurso de un ministro y mostraran pancartas –incluso aunque uno fuera Mariscal, como apostillaba más de un periódico–. Tampoco que alguien leyera un poema en favor de la paz, aunque fuera delante del rey. La noticia estaba, sin duda, en los aplausos del rey. Y esa es la deuda con Isidro: haber provocado esa noticia.
Para nosotros, los que nos dedicamos al diseño, el Premio Nacional que se le da a un diseñador cada año es importante. Para quienes lo organizan, es sólo la cohartada intelectual para dar uno a la empresa, que es el que de verdad les importa (¿hemos exportado muchos más bidés, señor Roca?). Y con ello, sólo consiguen que los telediarios minimicen la información: un premio nacional a un intelectual (filósofo, investigador, escritor, que más da) sí es noticia. Pero un premio a una empresa es publicidad. Porque en los telediarios cuesta mucho citar marcas, porque parece publicidad, y eso, sin pasar por taquilla, está mal visto en la televisión.
Con ello, los premios nacionales de diseño tienen siempre poca repercusión en los medios. Esta vez, sin embargo, hubo noticia. Cuando alguien decidió que Isidro no hablaría en el acto (cuestiones de protocolo, sólo puede hablar uno de los premiados, y estaba claro que no iba a ser él) poco podía imaginar en su miopía que en realidad lo que estaba era facilitando que el diseño se convirtiera en noticia. Porque si las palabras de Isidro hubieran estado dentro del protocolo, su efecto hubiera sido mucho menos relevante. Como lo hubieran sido si hubiera habido el más mínimo rasgo de agresividad o irreverencia. Sólo el diseñador cómico podía combinar una estrategia tan bien diseñada y tan bien interpretada. Isidro sabía que necesitaba ganarse la complicidad del rey. Y supo hacerlo. Aunque en su fuero interno, desde el estómago, seguro que hubiera preferido ser más radical. Pero no era eso lo que tocaba, de lo que se trataba era de ser contundente.
Muchos diseñadores considerarían el Premio Nacional como el punto máximo al que pueden aspirar en su carrera. Para Isidro ha sido sólo la oportunidad de hacer algo importante y mejor, no como profesional (ahí ya nos lo tiene demostrado todo), sino como ser humano.
Hemos hecho postales, carteles, pegatinas, fondos de escritorio, hemos querido poner nuestra habilidad profesional al servicio de una causa esencial y justa. Isidro, en cambio, nos ha descubierto que esta es una causa de los seres humanos.
Y quiero acabar citando otro email, éste de mi amigo Alejandro Morcillo:
"Sólo desde la emoción, la sensibilidad y el respeto se puede tener la valentía de hacer lo que Isidro hizo ayer. Seguramente alguno más encumbrado se hubiera estado quietecito sin decir nada, protegiendo su futuro. Cosa que a Isidro no le ha importado y ha actuado desde la honestidad. BRAVO!"
(de Pseudonimma)
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Álvaro Sobrino. Diseñador gráfico, periodista y editor.
Mantiene una columna en la revista VISUAL, con el nombre de Crónicas de Pseudonimma, donde recoge opiniones de otros y las suyas propias acerca de la actualidad del diseño español.
