Sin haberse apagado el fuego del logotipo para la candidatura olímpica, estalla también el asunto del cartel de carnaval. Si de ésta los que mandan en Madrid no se replantean lo del diseño en esta ciudad, entonces es que ya no tiene remedio.
El cartel ganador del concurso, obra de Fernando Jiménez Sánchez, había sido presentado anteriormente con pequeñas diferencias al concurso para el Carnaval de Lleida, quedando finalista.
Sigamos la secuencia de los hechos. Al principio, desde el Ayuntamiento intenta minimizarse la polémica, y un portavoz de la Concejalía de las Artes
manifiesta que el cartel es original e inédito.
Unas horas más tarde, rectifican
afirmando que el cartel no es inédito. En un alarde de estulticia, manifiestan que ese diseño no se utilizará y que el propio Ayuntamiento diseñara uno nuevo,
que no costará nada.
Enseguida, los autores manifiestan que
no devolverán los 4000 euros del premio.
En otras ocasiones ya he manifestado lo que opino de estos concursos. Y al tiempo, no recuerdo haber escrito nunca sobre los que se presentan a ellos. Me parece que desde el colectivo de diseñadores hay que ser enérgicos en la protesta mientras los concursos indiscriminados se sigan convocando. También creo que los diseñadores no debemos prestarnos a participar como jurados, y en la medida que se pueda, cuando nos llaman, intentar reconducir el concurso hacia una solución que no resulte peyorativa ni denigrante para la profesión. Pero mientras existan estos concursos –y seguirán existiendo–, la decisión de presentarse es individual, y por ello debe respetarse aunque no se comparta. Hay que pensar que los estudiantes pueden considerar estos concursos como una vía de conseguir trabajo –y vista la precariedad laboral que hay en los estudios, poco podemos los profesionales echarles en cara–. De alcanzar cierta notoriedad y enriquecer el portfolio. Y por qué no, de aspirar a llevarse el dinero del premio.
Me gusta menos cuando son los profesionales que ya está en el mercado quienes se presentan, como es el caso. Con ello se invalidan los argumentos colectivos e individuales en contra de esta práctica. Ahí cada uno debe medir su compromiso con la profesión, donde pone el listón de la ética y en cuanto valora su trabajo y la no conveniencia de entrar en procesos especulativos de contratación. Porque al final, un concurso sustituye a un encargo, es una mala vía de contratación. Insisto, son opciones individuales que no hay que compartir, pero que no deben –yo, al menos me resisto a ello– denostarse en público.
Pero este caso es distinto
En las
bases del concurso de Lleida se especificaba claramente que
"la imagen
del cartel ganador y la de los diez finalistas de cada convocatoria se
publicarán en la revista de Fiestas del Otoño, editada por IMAC del
Ayuntamiento de Lleida".
En un concurso, las bases son un contrato que obliga a las partes. Los participantes, por el hecho de serlo, asumen ese contrato. Cuando el diseñador Fernando Jiménez Sánchez participa en el concurso de Madrid, está cediendo unos derechos que no le pertenecen, porque ya los cedió al presentarse y quedar finalista en Lleida. Desde el punto de vista legal, espero que sus abogados le asesoren bien y le aconsejen devolver el dinero. Si lo hace no habría mucho problema, pero si no lo hace, el Ayuntamiento puede denunciarle, no ya sólo por la apropiación indebida de la cuantía del premio, sino por los perjuicios ocasionados a su imagen, e incluso por los economicos que se hayan derivado del fraude que supuso ceder aquellos derechos de los que no era titular: gastos de adaptaciones a formatos y soportes, impresiones en el caso de que hayan existido, etc. Es más, y ya como ciudadano de Madrid, animo, diría que exijo al Ayuntamiento que se lo reclame, que ese dinero no sale ni del bolsillo del concejal ni del Ayuntamiento, sale de los impuestos que pagamos.
Más allá del asunto legal, me preocupa más el ético y el estético. Aunque no esté de moda, sigo pensando como antaño he oído decir a los diseñadores mayores que cuando hacemos un diseño, aunque nos pague un cliente trabajamos para las personas sobre las que incidirá. En este caso, para los ciudadanos de Madrid. ¿Es ético darles como diseño el cartel que no quisieron en Lleida, máxime cuando es un dato público que se acabará sabiendo?.
Una vez estallada la polémica, cuando el asunto trasciende la relación cliente-proveedor/concursante, se quiera o no el diseñador está representando al colectivo profesional. No puede darse por bueno –aunque haya
quien lo hace– que los diseñadores nos dedicamos a reciclar trabajos fallidos, no puede darse por bueno que nuestra praxis consiste en jugársela al cliente si se deja, no puede ser bueno que se piense que aunque nuestro trabajo no cumpla los requisitos necesarios para su utilización, por incapacidad o maldad nuestra, no asumimos esas responsabilidades... y todos estos elementos se dan en el caso que nos ocupa.
A mí personalmente me da igual donde tenga puesto el rasero ético este señor, es su problema.
Pero sí quiero dejar bien claro que no todos los diseñadores actuamos así. Que no quiero que se me compare ni se me incluya en ningún grupo ni categoría con él. Porque no basta con ser buen grafista, hay que ser profesional. Y éste, no es de los nuestros. Al menos, no de los míos.