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29.7.09



De la innovación,
esa de la que todos hablan


innovación
.
(Del lat. innovatĭo, -ōnis).
1. f. Acción y efecto de innovar.
2. f. Creación o modificación de un producto, y su introducción en un mercado.

innovar
.
(Del lat. innovāre).
1. tr. Mudar o alterar algo, introduciendo novedades.
2. tr. ant. Volver algo a su anterior estado.

Pido perdón por la pedantería de iniciar este texto citando el diccionario, pero es que me ha hecho falta recurrir a él, interesado como estoy por entender a qué se refieren cuando usan la palabra innovación, de un tiempo a esta parte, en cualquier cosa que tenga que ver con el diseño, la empresa, los mercados, la crisis, el marketing...

A mí, casi todas las veces, me parece que sobra, me suena hueco. Son esas muletillas que se incorporan a los discursos, que funcionan como sustitutivo cuando no hay otra mejor, una especie de purga de Benito que, hablando en términos de marketing, vale igual para un roto que para un descosido. Y la cosa va creciendo, creciendo, y acaba por dar nombre a un ministerio.

Yo el diseño lo veo lejos de la innovación. El diseño no descubre fórmulas mágicas para resolver el hambre del mundo, ni vacunas para erradicar las enfermedades. El diseño, en la casi totalidad de los casos, aporta pequeñas soluciones, en las que la condición de novedoso no suele ser lo primordial. El diseño incorpora matices que mejoran un poquito lo que ya existe. Normalmente pensando en el bienestar de las personas, y casi siempre, afortunadamente, reportando unos beneficios económicos a quien lo encargó.

Intento recordar diseños realmente innovadores en los últimos años, aportaciones realmente sustanciales que se hayan incorporado después a la cotidianidad. Se me ocurre que el que se inventó el primer frasco con el tapón en la parte de abajo (¿sería un champú, o un ketchup?) sí puede considerarse un diseñador innovador. Y después, el que le puso la válvula antigoteo a los botes de miel. Los dos merecerían para mí el Nobel de la Felicidad, que ya sé que no existe pero habría que inventarlo.

En cambio... ¿ha aparecido en los últimos cien años una silla que haya cambiado la evolución de los útiles para sentar nuestras posaderas? ¿una lámpara? ¿un vehículo mejor que los de dos ruedas o los de cuatro?. Por supuesto que todo evoluciona y mejora, pero eso no es innovación. Recreación, renovación, reinvención, revisión, mejora, puesta al día... pero innovación es, debería ser, otra cosa.

Y si tengo que conceder el beneficio de la duda a quienes defienden el cáracter innovador del diseño en lo que se refiere a los objetos y los productos, niego la mayor si hablamos de diseño gráfico y para la comunicación. ¿Alguna tipografía en los últimos cincuenta años que podamos significar como una aportación imprescindible? ¿una estructura de los elementos de comunicación que haya aterrizado para quedarse, desbancando a las anteriores?. Evidentemente, no. Pequeñas mejoras, adaptaciones de lo que teníamos para aprovechar tecnología nueva... y poco más.

Acaso sea sólo cuestión de terminología, pero debe preocuparnos. Identificar diseño con innovación implica unas expectativas que el diseño no cumple, no debe cumplir. El diseño es una pizca de sabor en el guiso. Los males de la economía no los va a solucionar el diseño. Si seguimos empeñados en la competitividad a través de la innovación obtendremos un éxito por cada cien fracasos. Vamos hacia una economía donde la exclusividad va a dejar de ser un activo tangible, donde a pesar de los esfuerzos por evitarlo que estamos viendo, los productos van a superar a las marcas, donde la batalla de la productividad nos la tienen ganada los países emergentes. En cambio, otros valores que hoy consideramos residuales, casi pintorescos, van a cobrar fuerza en los próximos años: la economía local en aras de una mayor sostenibilidad, la calidad frente a la variedad y la cantidad en el consumo, los bienes inmateriales –la cultura, la creación, las ideas, el conocimiento– como valores de la economía real y, a medio plazo, el decrecimiento como alternativa al sistema económico actual.

Entretanto, sólo nos queda esperar que poco a poco vaya remitiendo la fiebre. Como en el cuento, el emperador seguirá vistiéndose de innovación, y todos seguiremos aplaudiendo la iniciativa. Quizá algún niño se atreva a gritar que en realidad va en pelota picada, pero no hay miedo, nadie la hará caso la primera vez. Ni la segunda, ni la tercera... acaso con un poco de suerte, lentamente se extenderá el rumor, irá creciendo, hasta que un día el emperador dirá: voy desnudo porque es lo mejor. Y la innovación dejará de ser la palabra mágica.





3 comentarios:

os da palleira dijo...

Hola, acabo de tropezar con tu blog de casualidad, enlazado desde http://punio.blogspot.com/

y me hago fan, porque estamos de acuerdo en muchísimas cosas

enhorabuena

marcoshurtado dijo...

"En cambio, otros valores que hoy consideramos residuales, casi pintorescos, van a cobrar fuerza en los próximos años: la economía local en aras de una mayor sostenibilidad, la calidad frente a la variedad y la cantidad en el consumo, los bienes inmateriales –la cultura, la creación, las ideas, el conocimiento– como valores de la economía real y, a medio plazo, el decrecimiento como alternativa al sistema económico actual."

Ojalá tengas razón Álvaro.Ojalá tengas razón.

Un saludo.

hodgkin dijo...

Un gran artículo que cuenta verdades como puños y es que, a veces, nos cegamos con las palabritas, las confundimos y como bien comentas, parece que el diseño sea el salvador del mundo que acabará con la guerra, el hambre y la desigualdad.

Un saludo

Álvaro Sobrino. Diseñador gráfico, periodista y editor.
Mantiene una columna en la revista VISUAL, con el nombre de Crónicas de Pseudonimma, donde recoge opiniones de otros y las suyas propias acerca de la actualidad del diseño español.