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7.5.08

Las privadas exigen vía libre

No es lo habitual que la información sobre publicidad ocupe espacio en un informativo de televisión. Cuando eso sucede en la práctica totalidad de los telediarios, de las privadas, eso sí, hay que poner en cuarentena la inocencia informativa, eso que llamamos objetividad. Sucedió anoche, y tiene su continuidad hoy en la mayoría de los diarios. Ese desproporcionado despliegue informativo se refiere a la solicitud formal de las organizaciones profesionales de medios de comunicación privados al gobierno para que adopte medidas urgentes (sic) encaminadas a la progresiva reducción de publicidad, hasta su total desaparición, en las televisiones y radios públicas, autonómicas y municipales.
Podrá compartirse o no, pero la petición es perfectamente legítima. Otra cosa es que, una vez más, la falta de pudor en el tratamiento que los medios dan a la información cuando les va en ello la cuenta de resultados es asqueante. No debo ser el único que evita determinados informativos el día que se publican los datos de OJD o la última oleada del EGM. Por higiene.
A mí esto de los anuncios me recuerda a esos que compran una casa muy barata porque está pegada a un aeropuerto, y luego pretenden que lo cambien de sitio. La televisión pública ya estaba, y con publicidad, cuando ellos llegaron. En este país la sanidad pública no cubre una ortodoncia, no hay plazas de preescolar sino para una mínima parte de los que las solicitan, y los libros de texto desequilibran todos los septiembres las economías familiares, sí, esos libros que curiosamente editan grupos de comunicación que no se privan de tener su televisión privada. No es de recibo.
Cuestionemos el modelo de televisión pública, su eficacia en la gestión de recursos, su servilismo con los gobernantes, unas más que otras, pero la solución no puede ser que a un servicio público le quitemos sus ingresos, que habrá que sustituir con el dinero del contribuyente, para no molestar a los pobres y abnegados grupos de comunicación. La televisión de hoy se rige por dos baremos: en primer lugar, la audiencia es soberana más allá de la calidad del contenido, es bueno aquello que más gente ve. Por contra, los contenidos de minorías solo tienen cabida en la televisión de pago, o en la televisión pública, que para eso está, para lo que no es suficientemente enriquecedor para las privadas.
Y por último, lo que resulta especialmente indignante es pretender meter ahí también a las televisiones y radios municipales, que cumplen un papel vertebrador y una importante función social, sin apenas medios, donde en muchos casos el voluntarismo y el trabajo desinteresado de los ciudadanos da vida a una necesidad real a la que esos grandes grupos nunca han prestado la menor atención, porque no son económicamente sostenibles. Se me dirá que hay algo de demagogia en todo esto, es intencionado: siempre es mejor ser el cazo que la sartén. Ya les vale.
Álvaro Sobrino. Diseñador gráfico, periodista y editor.
Mantiene una columna en la revista VISUAL, con el nombre de Crónicas de Pseudonimma, donde recoge opiniones de otros y las suyas propias acerca de la actualidad del diseño español.